El descubrimiento

Tras la visita a la playa, regreso a la nave con los zapatos llenos. No puedo volver sin una prueba  que demuestre que he aterrizado, que he salido al exterior y que en este lugar, hasta la arena es morada. Con lo que no cuento es con que las naves de última generación solo despegan si llevan el peso justo. Derramo un poquito por la compuerta. Lo vuelvo a intentar. Derramo otro poquito y otro. Aprisiono entre dos dedos del pie el último grano y suelto la respiración, por si pesa.

Para el reto de las Cinco líneas, de Adella Brac. Este mes de septiembre, con las palabras: zapatos, regreso y playa.

El tangazo

Solo bragas de algodón, de las que abrazan. De las que no entran ni salen. No se ensañan. Cómodas, confortables y perfectas. Como su matrimonio. Por eso se debaten entre dudar o no dudar. 

El tambor de la lavadora está abierto; el cubo, rebosante de la colada recién lavada. El tendedero, todavía vacío.

Transcurren unos minutos desde que la confianza recibe un fino corte, apenas perceptible, pero suficiente para deshilachar la costura. 

Esos tensos minutos en los que la joven que acaba de prometerse decide cómo lo va a resolver.

Ha aceptado el trabajo. Ha acudido a esa casa por primera vez, se ha cambiado en el cuarto de baño y se ha esmerado: suelos, cristales y lavadora, por favor. El cubo de la ropa sucia está al lado del lavabo. Tras cobrar, se ha ido a toda prisa sin tan siquiera cambiarse, con toda la ropa embutida en una bolsa de plástico. O casi toda.

Si no fuera porque se conocen.

Si no fuera porque es increíble.

Suena el timbre, la joven sonrojada que viene acompañada por un chico delgado remienda, con hilvanes tímidos, el descosido.

Dedicado a E. Ella entenderá el porqué.

Disimula, cara mula

—¿Está usted seguro, padre, de que no queda esto muy forzado? ¿Que no van a sospechar?

—Que no hombre, que no. Tira. Guárdatelas ahí que no mira nadie. ¿No ves que estamos en santa confesión?

—Pero, ¿no es un poco extraño que no haya ni confesionario ni reclinatorio ni nada? Perdone que le diga, pero ha quedado un pelín cutre esto.

—Escucha con atención, que mira que eres corto. Estás de rodillas, ¿no? Soy un cura, ¿no? Tú me susurras y yo pongo cara de que te aguanto con devoción, ¿no? Pues venga. Termina de esconderte las trufas que se olvidó el Manso el otro día en la iglesia. Luego me las vendes y vamos a medias. Que si Dios las dispuso ante mí sería por algo. Que está el cepillo muy justo últimamente y el vino peleón me tiene la garganta en carne viva. Así no hay quien dé un sermón en condiciones, leñe.

Pequeña escena que se me ha ocurrido con la maravillosa foto que ha compartido hoy Amparo Hoyos en Amigos de Valencia Escribe para inspirarnos.

Estudiantes de primero

La luz que se colaba a través del minúsculo ventanuco le permitió estudiar la palabra del día: solidaridad. Se las racionaba para que no se le acabaran, como la comida y el agua. Con ayuda de aquel diccionario que había logrado colar en la celda bajo el burka evitaba perder la razón. Se mantendría firme por ellas. No rompería el compromiso que había adquirido con el resto de las mujeres cuando prometió que lucharía por sus derechos. Sobreviviría imaginando la alegría con la que se sentarían todas juntas cuando asistieran por fin, a la universidad.

Criaturitas

Aunque no llegamos a reconocer que aquella travesura la habíamos cometido nosotros, nuestra madre siempre lo supo. No se preocupó demasiado por ello. Al fin y al cabo, éramos solo unos niños que jugaban con la hija del jardinero, ¿verdad? Angelitos. Hay días en que me gustaría pedir perdón a la familia, pero no tendría ningún sentido puesto que mi padre, con su gran chequera, dejó bien claro, antes de sustituir al personal del servicio, que no fue más que un accidente.

Indeseada

A veces es tan intensa que parece que puedes agarrarla. Te gustaría aplastarla hasta hacerla desaparecer, pero se resbala entre los dedos y va dejando un reguero pringoso a lo largo de los días. Y de las noches. 

En las sobremesas familiares, queda reducida a casi nada, tanto que parece que no fuera a volver.

Hasta que la puerta se cierra tras los nietos y el silencio la reclama para que recorra el pasillo y se instale en el sofá, junto a ti, donde te envuelve de nuevo, solo atenuada, a ratitos, por el sonido tibio del televisor.

Este es el microrrelato sobre la soledad no deseada que presenté a la V edición del concurso de microrrelatos «LaTurrona» Paco Esteban, convocado por la asociación Gana Ganeta, de Jaraguas.

La avestruz que saca la cabeza del agujero

Al finalizar el eclipse solar, espectacular, único e irrepetible, centra la mirada y descubre, deslumbrada, sorprendida y aterrada que el mundo, igual que ayer, estalla en llamas.

… Hambre para mañana

La mujer que nunca había tenido nada ansiaba esos ojos verdes que sujetaba en la palma de la mano con la misma desesperación con la que racionaba la comida que esa dependienta que fue tan bella le regalaba cada mañana al verla mendigar en la puerta de la tienda en la que trabajaba.

Rescisión de contrato

El hombre que se registró en el hotel de siempre silbando y sonriendo como un bobo no parecía el mismo que salió del ascensor apenas una hora después. 

La mujer con la que solía encontrarse no era la que lo esperaba en la habitación. 

Aceptó, sin tan siquiera haberlo leído, hasta la última coma del documento.

Familia numerosa

Conservo esa foto porque es la única en la que aparecemos todos, incluso el Chiqui, que se hizo un hueco entre los bañadores y las toallas y respiró por una pajita hasta que llegamos a Benidorm.

Cuando lo sacamos de la maleta tenía mala cara, pero corrió disparado hacia el agua de donde no salió hasta que cambió de color.