Hasta el día siguiente

Ya habían derruido el muro. Estaba abierto apenas unos metros más abajo. Sin embargo, todos los días, a la misma hora, se formaba una larga cola a ambos lados. Uno por uno, pasaban a hablarse a través de la alambrada y, a continuación, tan emocionados como la primera vez, caminaban esos pocos metros, se abrazaban y regresaban, de nuevo juntos, a sus respectivas casas.

Apariencias

No sintió nada tras patear al mendigo que apestaba el cajero con sus mantas mugrientas. Ni siquiera un mínimo remordimiento por atropellar al gorrilla que ensuciaba la calle con su mera presencia. Ni un ápice de lástima por abandonar en una carretera al chucho baboso de su hermana. 

Orgulloso de ser un ciudadano perfecto al que sonreía la vida, se limitaba a sacarle brillo cuando esta se manchaba.

La madre tardó en percatarse. Le costó atisbar, tras las grietas, la oscuridad que albergaba su vástago. Cuando al fin lo hizo, de entre los muchos demonios que la devoraron, el que mordió con más fuerza fue el de la culpa, que, aunque la fue corroyendo por dentro, no evitó que continuara presumiendo ante todos del hombre modélico en que se había convertido su hijo.

El concursante

Envío los micros que cuadran con los concursos en plazo. Los sistemas que utilizo para hacerlo varían debido a la dificultad que entraña el proceso. He de aprovechar los escasos momentos en que llega la wifi hasta aquí, durante algún sepelio o botellón. Mis datos de contacto remiten al cementerio. Sobre la lápida bajo la que me encuentro se han ido acumulando algunos premios. Es absurdo, lo sé, pero qué quieren que les diga, ganar me sigue despertando el gusanillo.

Perdido en la feria

La llamada tuvo lugar el jueves por la tarde, sobre las cinco. Lo recuerdo porque estaba a punto de bajar a la playa con mis amigas cuando casi me atropella, derrapando por el pasillo para responder al teléfono. Hacía tiempo que no lo veía así de activo. Por lo menos desde que nos mudamos a Benidorm. Me ilusioné pensando que habría ligado al fin, porque se pasa la vida tirado en el sofá con el mando en la mano este hijo mío. Antes de salir, escuché que decía que confiara en él, que había dicho que iría y que su palabra era ley. Siempre ha sido un poco dramático por lo que no le di mayor importancia en ese momento, pero ahora sí que estoy preocupada. Han pasado ya dos días desde entonces y, aunque he recibido algunos audios entrecortados en los que asegura que lo está pasando mejor que nunca, tras el último, he venido a denunciar su desaparición porque, antes de quedarse sin batería, con voz cavernosa, ha balbuceado que estaba secuestrado en unos redondeles y que tenía que salvar a su mejor amigo de una perdición segura. ¡Pero si solo ha tenido un amigo en toda su vida y vive en Albacete! Le aseguro, señor comisario, que si no fuera porque tiene 60 años y tan poca sangre en las venas que ni siquiera se ha independizado, juraría que el niño se ha metido en asuntos turbios. 

La noción del tiempo

Es muy mayor. Desde hace unos días, se desorienta. Se levanta decidido y se vuelve a sentar porque se le olvida el propósito que lo había impulsado. Pierde la noción del tiempo. Nos preocupamos por él, lo acompañamos para que no se pierda y, a veces, disimulamos para que no descubra que lloramos por las esquinas.

Hoy, el más pequeño de los nietos ha descubierto que el cielo lleva días nublado y ha pensado que el abuelo quizá ande despistado porque no puede leer la hora en su querido reloj de sol.

Amanece que no es poco

No se me ocurrió a mí, aunque fuera yo quien patentara la idea y cobrase después las cuantiosas ganancias que generó la cosecha.

Ahora que me retiro, es momento de ser honesta. La idea la saqué del cine.

Lo de plantarlos en el fondo del lago fue porque dos de los personajes de la película decían que si germinan en el bancal, secan mucho la tierra. Parece de locos, pero funcionó.

Experimenté con un par a modo de prueba y los dos hombres que brotaron salieron guapos y fuertes.

Tras la recolección, me los quitaban de las manos. Sin embargo detuve la producción tras cosechar los 50 primeros.

Hubiera podido seguir con el negocio o traspasarlo, pero me pareció que no estaba bien abusar, al fin y al cabo, no dejan de ser nuestros semejantes. Además, según narran algunas historias, nosotros también nacimos del barro.

Texto escrito para los Viernes creativos de El Bic naranja, inspirado en la foto de Herbert List, propuesta de Ana Vida