
La llamada tuvo lugar el jueves por la tarde, sobre las cinco. Lo recuerdo porque estaba a punto de bajar a la playa con mis amigas cuando casi me atropella, derrapando por el pasillo para responder al teléfono. Hacía tiempo que no lo veía así de activo. Por lo menos desde que nos mudamos a Benidorm. Me ilusioné pensando que habría ligado al fin, porque se pasa la vida tirado en el sofá con el mando en la mano este hijo mío. Antes de salir, escuché que decía que confiara en él, que había dicho que iría y que su palabra era ley. Siempre ha sido un poco dramático por lo que no le di mayor importancia en ese momento, pero ahora sí que estoy preocupada. Han pasado ya dos días desde entonces y, aunque he recibido algunos audios entrecortados en los que asegura que lo está pasando mejor que nunca, tras el último, he venido a denunciar su desaparición porque, antes de quedarse sin batería, con voz cavernosa, ha balbuceado que estaba secuestrado en unos redondeles y que tenía que salvar a su mejor amigo de una perdición segura. ¡Pero si solo ha tenido un amigo en toda su vida y vive en Albacete! Le aseguro, señor comisario, que si no fuera porque tiene 60 años y tan poca sangre en las venas que ni siquiera se ha independizado, juraría que el niño se ha metido en asuntos turbios.
Relato finalista en el XIV Certamen de Microrrelatos Sucedió en la Feria (2026), organizado por el Club de Escritura de la Biblioteca Pública de Albacete.
Muchas gracias al jurado por seleccionar mi texto y a Inés Barba por leerlo en el acto de entrega de premios al que, por motivos laborales, no pude acudir.







