Tras la visita a la playa, regreso a la nave con los zapatos llenos. No puedo volver sin una prueba que demuestre que he aterrizado, que he salido al exterior y que en este lugar, hasta la arena es morada. Con lo que no cuento es con que las naves de última generación solo despegan si llevan el peso justo. Derramo un poquito por la compuerta. Lo vuelvo a intentar. Derramo otro poquito y otro. Aprisiono entre dos dedos del pie el último grano y suelto la respiración, por si pesa.
Solo bragas de algodón, de las que abrazan. De las que no entran ni salen. No se ensañan. Cómodas, confortables y perfectas. Como su matrimonio. Por eso se debaten entre dudar o no dudar.
El tambor de la lavadora está abierto; el cubo, rebosante de la colada recién lavada. El tendedero, todavía vacío.
Transcurren unos minutos desde que la confianza recibe un fino corte, apenas perceptible, pero suficiente para deshilachar la costura.
Esos tensos minutos en los que la joven que acaba de prometerse decide cómo lo va a resolver.
Ha aceptado el trabajo. Ha acudido a esa casa por primera vez, se ha cambiado en el cuarto de baño y se ha esmerado: suelos, cristales y lavadora, por favor. El cubo de la ropa sucia está al lado del lavabo. Tras cobrar, se ha ido a toda prisa sin tan siquiera cambiarse, con toda la ropa embutida en una bolsa de plástico. O casi toda.
Si no fuera porque se conocen.
Si no fuera porque es increíble.
Suena el timbre, la joven sonrojada que viene acompañada por un chico delgado remienda, con hilvanes tímidos, el descosido.
Esta es mi propuesta para la convocatoria de ENTC (Esta noche te cuento) sobre el tema de la «Incertidumbre». La fotografía es la que ha propuesto José Francisco Álvarez.
—¿Está usted seguro, padre, de que no queda esto muy forzado? ¿Que no van a sospechar?
—Que no hombre, que no. Tira. Guárdatelas ahí que no mira nadie. ¿No ves que estamos en santa confesión?
—Pero, ¿no es un poco extraño que no haya ni confesionario ni reclinatorio ni nada? Perdone que le diga, pero ha quedado un pelín cutre esto.
—Escucha con atención, que mira que eres corto. Estás de rodillas, ¿no? Soy un cura, ¿no? Tú me susurras y yo pongo cara de que te aguanto con devoción, ¿no? Pues venga. Termina de esconderte las trufas que se olvidó el Manso el otro día en la iglesia. Luego me las vendes y vamos a medias. Que si Dios las dispuso ante mí sería por algo. Que está el cepillo muy justo últimamente y el vino peleón me tiene la garganta en carne viva. Así no hay quien dé un sermón en condiciones, leñe.
Pequeña escena que se me ha ocurrido con la maravillosa foto que ha compartido hoy Amparo Hoyos en Amigos de Valencia Escribe para inspirarnos.
La luz que se colaba a través del minúsculo ventanuco le permitió estudiar la palabra del día: solidaridad. Se las racionaba para que no se le acabaran, como la comida y el agua. Con ayuda de aquel diccionario que había logrado colar en la celda bajo el burka evitaba perder la razón. Se mantendría firme por ellas. No rompería el compromiso que había adquirido con el resto de las mujeres cuando prometió que lucharía por sus derechos. Sobreviviría imaginando la alegría con la que se sentarían todas juntas cuando asistieran por fin, a la universidad.
Para Cinco Palabras. Este mes, apoyando el reto de Claudia. Las palabras que debemos utilizar, en ese orden, con un máximo de 100, son luz, solidaridad, ayuda, compromiso y alegría.
Aunque no llegamos a reconocer que aquella travesura la habíamos cometido nosotros, nuestra madre siempre lo supo. No se preocupó demasiado por ello. Al fin y al cabo, éramos solo unos niños que jugaban con la hija del jardinero, ¿verdad? Angelitos. Hay días en que me gustaría pedir perdón a la familia, pero no tendría ningún sentido puesto que mi padre, con su gran chequera, dejó bien claro, antes de sustituir al personal del servicio, que no fue más que un accidente.
A veces es tan intensa que parece que puedes agarrarla. Te gustaría aplastarla hasta hacerla desaparecer, pero se resbala entre los dedos y va dejando un reguero pringoso a lo largo de los días. Y de las noches.
En las sobremesas familiares, queda reducida a casi nada, tanto que parece que no fuera a volver.
Hasta que la puerta se cierra tras los nietos y el silencio la reclama para que recorra el pasillo y se instale en el sofá, junto a ti, donde te envuelve de nuevo, solo atenuada, a ratitos, por el sonido tibio del televisor.
Este es el microrrelato sobre la soledad no deseada que presenté a la V edición del concurso de microrrelatos «LaTurrona» Paco Esteban, convocado por la asociación Gana Ganeta, de Jaraguas.
Al finalizar el eclipse solar, espectacular, único e irrepetible, centra la mirada y descubre, deslumbrada, sorprendida y aterrada que el mundo, igual que ayer, estalla en llamas.
Estoy leyendo muchos textos inspirados en el eclipse y a mí no hace más que darme vueltas en la cabeza la idea de que, una vez la luna ha dejado de ocultar el sol y el resto de la información de lo que está pasando en el mundo ha resurgido tras el eclipse, el incendio de las Peñas de Riglos avanza inexorable a través de mis queridas montañas. Cada vez más y más cerca… y he escrito este micro para intentar sofocar las lágrimas.
La foto la hizo mi cuñada, Ana Rosa, desde la Corona de Sabiñánigo, donde puede observarse el eclipse junto a la ermita de Santa Lucía.
La mujer que nunca había tenido nada ansiaba esos ojos verdes que sujetaba en la palma de la mano con la misma desesperación con la que racionaba la comida que esa dependienta que fue tan bella le regalaba cada mañana al verla mendigar en la puerta de la tienda en la que trabajaba.
Texto que presento (fuera de concurso porque soy jurado) para la convocatoria de ENTC sobre la «Pertenencia», uno de los 8 términos abstractos, claves en la existencia humana, que se han elegido este año para abonar espacios nuevos sobre los que poner el foco.
Conservo esa foto porque es la única en la que aparecemos todos, incluso el Chiqui, que se hizo un hueco entre los bañadores y las toallas y respiró por una pajita hasta que llegamos a Benidorm.
Cuando lo sacamos de la maleta tenía mala cara, pero corrió disparado hacia el agua de donde no salió hasta que cambió de color.
Texto inspirado en la foto que propone Amparo Hoyos para Valencia Escribe.
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