La noción del tiempo

Es muy mayor. Desde hace unos días, se desorienta. Se levanta decidido y se vuelve a sentar porque se le olvida el propósito que lo había impulsado. Pierde la noción del tiempo. Nos preocupamos por él, lo acompañamos para que no se pierda y, a veces, disimulamos para que no descubra que lloramos por las esquinas.

Hoy, el más pequeño de los nietos ha descubierto que el cielo lleva días nublado y ha pensado que el abuelo quizá ande despistado porque no puede leer la hora en su querido reloj de sol.

Amanece que no es poco

No se me ocurrió a mí, aunque fuera yo quien patentara la idea y cobrase después las cuantiosas ganancias que generó la cosecha.

Ahora que me retiro, es momento de ser honesta. La idea la saqué del cine.

Lo de plantarlos en el fondo del lago fue porque dos de los personajes de la película decían que si germinan en el bancal, secan mucho la tierra. Parece de locos, pero funcionó.

Experimenté con un par a modo de prueba y los dos hombres que brotaron salieron guapos y fuertes.

Tras la recolección, me los quitaban de las manos. Sin embargo detuve la producción tras cosechar los 50 primeros.

Hubiera podido seguir con el negocio o traspasarlo, pero me pareció que no estaba bien abusar, al fin y al cabo, no dejan de ser nuestros semejantes. Además, según narran algunas historias, nosotros también nacimos del barro.

Texto escrito para los Viernes creativos de El Bic naranja, inspirado en la foto de Herbert List, propuesta de Ana Vida

La realidad supera a la ficción

Ella le pidió que encendiera la luz y se aproximara a la ventana. Discutieron acaloradamente. Él le propinó unos buenos golpes bien ensayados, ella giró la cabeza, se echó hacia atrás, gesticuló exageradamente. Él la sostuvo por las muñecas y la sacó de cuadro. Finalmente, se apagó la luz.

Fundido a negro.

Cuando la Policía recorrió el vecindario tras acudir en respuesta a las múltiples llamadas y hallar a la mujer muerta, los vecinos que la habían presenciado, describieron exactamente la misma escena. Nadie sabía quién era esa vecina esquiva que vivía apartada de la vida social desde que se mudó, pero todos coincidieron en lo que habían visto con sus propios ojos.

Nunca dieron con el asesino. No había ni una sola huella sobre la mujer y, curiosamente, no murió golpeada sino envenenada.

Desde aquella noche, el mendigo del barrio ha desaparecido. Nadie ha relacionado los dos acontecimientos, pero algunos aseguran haberlo visto bien vestido y arreglado saliendo de la ciudad al volante de un coche nuevo.

No obstante, nadie, ni siquiera la Policía ha dado crédito a las habladurías porque también se comenta que la hermana de la muerta, la famosa actriz que hace años se suicidó al enterarse de la infidelidad de su marido con su propia hermana, iba en ese mismo coche en el asiento del copiloto, vivita y coleando, cubierta con un sombrero y unas enormes gafas de sol.

Veranos

Siempre le reñía porque se sentaba a la mesa en bañador. Que hiciera el favor de cubrirse, que se le iban a caer los pelachos sobre el gazpacho. Desde que ya no está, lo echo tanto de menos que le pongo plato y cubierto. 

Y le cuento cosas del día a día. 

Y, aunque soy consciente de que él no lo hacía, no puedo evitar vestirlo. Lo imagino tan guapo que a veces dejo los cubiertos sobre el plato, me levanto, me siento sobre sus piernas y me dejo acariciar por el aroma tan suyo que todavía conserva su camisa.

Para los sábados de foto de Valencia Escribe, inspirado en la foto que nos propone Amparo Hoyos.

El descubrimiento

Tras la visita a la playa, regreso a la nave con los zapatos llenos. No puedo volver sin una prueba  que demuestre que he aterrizado, que he salido al exterior y que en este lugar, hasta la arena es morada. Con lo que no cuento es con que las naves de última generación solo despegan si llevan el peso justo. Derramo un poquito por la compuerta. Lo vuelvo a intentar. Derramo otro poquito y otro. Aprisiono entre dos dedos del pie el último grano y suelto la respiración, por si pesa.

Para el reto de las Cinco líneas, de Adella Brac. Este mes de septiembre, con las palabras: zapatos, regreso y playa.

El tangazo

Solo bragas de algodón, de las que abrazan. De las que no entran ni salen. No se ensañan. Cómodas, confortables y perfectas. Como su matrimonio. Por eso se debaten entre dudar o no dudar. 

El tambor de la lavadora está abierto; el cubo, rebosante de la colada recién lavada. El tendedero, todavía vacío.

Transcurren unos minutos desde que la confianza recibe un fino corte, apenas perceptible, pero suficiente para deshilachar la costura. 

Esos tensos minutos en los que la joven que acaba de prometerse decide cómo lo va a resolver.

Ha aceptado el trabajo. Ha acudido a esa casa por primera vez, se ha cambiado en el cuarto de baño y se ha esmerado: suelos, cristales y lavadora, por favor. El cubo de la ropa sucia está al lado del lavabo. Tras cobrar, se ha ido a toda prisa sin tan siquiera cambiarse, con toda la ropa embutida en una bolsa de plástico. O casi toda.

Si no fuera porque se conocen.

Si no fuera porque es increíble.

Suena el timbre, la joven sonrojada que viene acompañada por un chico delgado remienda, con hilvanes tímidos, el descosido.

Dedicado a E. Ella entenderá el porqué.

Disimula, cara mula

—¿Está usted seguro, padre, de que no queda esto muy forzado? ¿Que no van a sospechar?

—Que no hombre, que no. Tira. Guárdatelas ahí que no mira nadie. ¿No ves que estamos en santa confesión?

—Pero, ¿no es un poco extraño que no haya ni confesionario ni reclinatorio ni nada? Perdone que le diga, pero ha quedado un pelín cutre esto.

—Escucha con atención, que mira que eres corto. Estás de rodillas, ¿no? Soy un cura, ¿no? Tú me susurras y yo pongo cara de que te aguanto con devoción, ¿no? Pues venga. Termina de esconderte las trufas que se olvidó el Manso el otro día en la iglesia. Luego me las vendes y vamos a medias. Que si Dios las dispuso ante mí sería por algo. Que está el cepillo muy justo últimamente y el vino peleón me tiene la garganta en carne viva. Así no hay quien dé un sermón en condiciones, leñe.

Pequeña escena que se me ha ocurrido con la maravillosa foto que ha compartido hoy Amparo Hoyos en Amigos de Valencia Escribe para inspirarnos.

Estudiantes de primero

La luz que se colaba a través del minúsculo ventanuco le permitió estudiar la palabra del día: solidaridad. Se las racionaba para que no se le acabaran, como la comida y el agua. Con ayuda de aquel diccionario que había logrado colar en la celda bajo el burka evitaba perder la razón. Se mantendría firme por ellas. No rompería el compromiso que había adquirido con el resto de las mujeres cuando prometió que lucharía por sus derechos. Sobreviviría imaginando la alegría con la que se sentarían todas juntas cuando asistieran por fin, a la universidad.

Criaturitas

Aunque no llegamos a reconocer que aquella travesura la habíamos cometido nosotros, nuestra madre siempre lo supo. No se preocupó demasiado por ello. Al fin y al cabo, éramos solo unos niños que jugaban con la hija del jardinero, ¿verdad? Angelitos. Hay días en que me gustaría pedir perdón a la familia, pero no tendría ningún sentido puesto que mi padre, con su gran chequera, dejó bien claro, antes de sustituir al personal del servicio, que no fue más que un accidente.

Indeseada

A veces es tan intensa que parece que puedes agarrarla. Te gustaría aplastarla hasta hacerla desaparecer, pero se resbala entre los dedos y va dejando un reguero pringoso a lo largo de los días. Y de las noches. 

En las sobremesas familiares, queda reducida a casi nada, tanto que parece que no fuera a volver.

Hasta que la puerta se cierra tras los nietos y el silencio la reclama para que recorra el pasillo y se instale en el sofá, junto a ti, donde te envuelve de nuevo, solo atenuada, a ratitos, por el sonido tibio del televisor.

Este es el microrrelato sobre la soledad no deseada que presenté a la V edición del concurso de microrrelatos «LaTurrona» Paco Esteban, convocado por la asociación Gana Ganeta, de Jaraguas.