Ya habían derruido el muro. Estaba abierto apenas unos metros más abajo. Sin embargo, todos los días, a la misma hora, se formaba una larga cola a ambos lados. Uno por uno, pasaban a hablarse a través de la alambrada y, a continuación, tan emocionados como la primera vez, caminaban esos pocos metros, se abrazaban y regresaban, de nuevo juntos, a sus respectivas casas.
Para la fotografía propuesta para inspirarnos por Amparo Hoyos en Valencia Escribe.
No sintió nada tras patear al mendigo que apestaba el cajero con sus mantas mugrientas. Ni siquiera un mínimo remordimiento por atropellar al gorrilla que ensuciaba la calle con su mera presencia. Ni un ápice de lástima por abandonar en una carretera al chucho baboso de su hermana.
Orgulloso de ser un ciudadano perfecto al que sonreía la vida, se limitaba a sacarle brillo cuando esta se manchaba.
La madre tardó en percatarse. Le costó atisbar, tras las grietas, la oscuridad que albergaba su vástago. Cuando al fin lo hizo, de entre los muchos demonios que la devoraron, el que mordió con más fuerza fue el de la culpa, que, aunque la fue corroyendo por dentro, no evitó que continuara presumiendo ante todos del hombre modélico en que se había convertido su hijo.
Para la convocatoria de ENTC (Esta noche te cuento). En esta ocasión, sobre la culpa. Imagen propuesta por José Francisco Álvarez.
Micro visual que presenté en la Quedada microrrelatista de Mérida. El maestro del microrrelato, Manu Espada, valoró cada propuesta en gramos de jamón ibérico. La mía obtuvo 200 gramos.
Dedicado, con mucho cariño, a esos pueblos que todavía permanecen ajenos a la locura de la vida, sin Internet, con fuente y con huerto.
Envío los micros que cuadran con los concursos en plazo. Los sistemas que utilizo para hacerlo varían debido a la dificultad que entraña el proceso. He de aprovechar los escasos momentos en que llega la wifi hasta aquí, durante algún sepelio o botellón. Mis datos de contacto remiten al cementerio. Sobre la lápida bajo la que me encuentro se han ido acumulando algunos premios. Es absurdo, lo sé, pero qué quieren que les diga, ganar me sigue despertando el gusanillo.
La llamada tuvo lugar el jueves por la tarde, sobre las cinco. Lo recuerdo porque estaba a punto de bajar a la playa con mis amigas cuando casi me atropella, derrapando por el pasillo para responder al teléfono. Hacía tiempo que no lo veía así de activo. Por lo menos desde que nos mudamos a Benidorm. Me ilusioné pensando que habría ligado al fin, porque se pasa la vida tirado en el sofá con el mando en la mano este hijo mío. Antes de salir, escuché que decía que confiara en él, que había dicho que iría y que su palabra era ley. Siempre ha sido un poco dramático por lo que no le di mayor importancia en ese momento, pero ahora sí que estoy preocupada. Han pasado ya dos días desde entonces y, aunque he recibido algunos audios entrecortados en los que asegura que lo está pasando mejor que nunca, tras el último, he venido a denunciar su desaparición porque, antes de quedarse sin batería, con voz cavernosa, ha balbuceado que estaba secuestrado en unos redondeles y que tenía que salvar a su mejor amigo de una perdición segura. ¡Pero si solo ha tenido un amigo en toda su vida y vive en Albacete! Le aseguro, señor comisario, que si no fuera porque tiene 60 años y tan poca sangre en las venas que ni siquiera se ha independizado, juraría que el niño se ha metido en asuntos turbios.
Relato finalista en el XIV Certamen de Microrrelatos Sucedió en la Feria (2026), organizado por el Club de Escritura de la Biblioteca Pública de Albacete.
Muchas gracias al jurado por seleccionar mi texto y a Inés Barba por leerlo en el acto de entrega de premios al que, por motivos laborales, no pude acudir.
Es muy mayor. Desde hace unos días, se desorienta. Se levanta decidido y se vuelve a sentar porque se le olvida el propósito que lo había impulsado. Pierde la noción del tiempo. Nos preocupamos por él, lo acompañamos para que no se pierda y, a veces, disimulamos para que no descubra que lloramos por las esquinas.
Hoy, el más pequeño de los nietos ha descubierto que el cielo lleva días nublado y ha pensado que el abuelo quizá ande despistado porque no puede leer la hora en su querido reloj de sol.
No se me ocurrió a mí, aunque fuera yo quien patentara la idea y cobrase después las cuantiosas ganancias que generó la cosecha.
Ahora que me retiro, es momento de ser honesta. La idea la saqué del cine.
Lo de plantarlos en el fondo del lago fue porque dos de los personajes de la película decían que si germinan en el bancal, secan mucho la tierra. Parece de locos, pero funcionó.
Experimenté con un par a modo de prueba y los dos hombres que brotaron salieron guapos y fuertes.
Tras la recolección, me los quitaban de las manos. Sin embargo detuve la producción tras cosechar los 50 primeros.
Hubiera podido seguir con el negocio o traspasarlo, pero me pareció que no estaba bien abusar, al fin y al cabo, no dejan de ser nuestros semejantes. Además, según narran algunas historias, nosotros también nacimos del barro.
Ella le pidió que encendiera la luz y se aproximara a la ventana. Discutieron acaloradamente. Él le propinó unos buenos golpes bien ensayados, ella giró la cabeza, se echó hacia atrás, gesticuló exageradamente. Él la sostuvo por las muñecas y la sacó de cuadro. Finalmente, se apagó la luz.
Fundido a negro.
Cuando la Policía recorrió el vecindario tras acudir en respuesta a las múltiples llamadas y hallar a la mujer muerta, los vecinos que la habían presenciado, describieron exactamente la misma escena. Nadie sabía quién era esa vecina esquiva que vivía apartada de la vida social desde que se mudó, pero todos coincidieron en lo que habían visto con sus propios ojos.
Nunca dieron con el asesino. No había ni una sola huella sobre la mujer y, curiosamente, no murió golpeada sino envenenada.
Desde aquella noche, el mendigo del barrio ha desaparecido. Nadie ha relacionado los dos acontecimientos, pero algunos aseguran haberlo visto bien vestido y arreglado saliendo de la ciudad al volante de un coche nuevo.
No obstante, nadie, ni siquiera la Policía ha dado crédito a las habladurías porque también se comenta que la hermana de la muerta, la famosa actriz que hace años se suicidó al enterarse de la infidelidad de su marido con su propia hermana, iba en ese mismo coche en el asiento del copiloto, vivita y coleando, cubierta con un sombrero y unas enormes gafas de sol.
Texto inspirado en la foto propuesta por Amparo Hoyos para Valencia Escribe.
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