Amor prohibido

Se abrazaron durante algunos segundos más. La despedida era siempre tan dura porque nunca sabían si habría una próxima vez. Fuera, la luna llena iluminaba el bosque.

La besó con ternura y salió sin volver la vista atrás. Como él aún tardaría unos minutos en transformarse, ella tenía el tiempo justo para echarse por los hombros la caperuza roja y escapar corriendo en la dirección opuesta. 

Entraba ya en casa de la abuela cuando escuchó el triste aullido del lobo.

Micro ganador del VII Concurso Literario de Minicuentos “Al claro de la luna”, de Mundo Escritura.

En sintonía (Premio Categoría General VII Certamen de microrrelatos Javier Tomeo)

Hace unos días, mi vecina Carmen me pidió que la ayudara a resintonizar los canales de la tele. Me llevó un buen rato hacerlo, así que, al acabar, me invitó a un café con pastas y me contó sobre su marido —el pobre murió ya hace unos años— y sobre lo felices que habían sido juntos. Me enterneció su historia y me sentí bien al ayudarla porque me imaginé que la televisión sería su única compañía. Cuando salí de su casa, coincidí en el ascensor con otra vecina, que me comentó que ella también había ido a ayudar a Carmen y que juraría que le había dejado los canales perfectamente organizados. En el zaguán, el conserje le contaba a su mujer que el lunes había pasado media tarde ayudando a la señora Carmen con la tele porque la pobre mujer no se aclaraba con los canales.

Hace un rato, mientras introducía la llave en la cerradura para entrar en casa, no he podido evitar sonreír al escuchar, en el piso de arriba, que alguien salía al descansillo y aseguraba a mi vecina que mañana mismo iría a ayudarla con esa endiablada televisión.

Premio de la categoría general en el en VII certamen de microrrelatos Javier Tomeo.

De sopetón

Diploma Vivir en un cohousing

Todavía no se ha recuperado mi madre de la noticia que le trajo mi abuelo. Y eso, que ha pasado ya un mes desde que la escuchó.

Era domingo, estábamos tomándonos el café en la cocina y charlando de esto y de aquello y de pronto, así, sin que viniera a cuento, mi abuelo nos comunica que ha decidido que ya está harto de vivir solo. Que se aburre, y que ha conocido a un grupo de gente muy interesante que le ha propuesto mudarse a una especie de comuna rara. A mí no me quedó muy clara la idea, pero me pareció estupendo. Mi abuelo nunca ha sido de estarse quieto en casa, ni de bajar al bar. Las rodillas le empiezan a fallar y tampoco se puede pasar todo el día dando paseos por la playa, así que enseguida le di la enhorabuena por haber tomado esa decisión.

Aún me duele el cuello de la colleja que me propinó mi madre al tiempo que exclamaba:

—¿Pero tú estás tonta o qué?

Y acto seguido se giró hacia mi abuelo, lo miró fijamente, se levantó y sin pronunciar una palabra, se fue de casa dando un portazo.

Mi madre es así, tiene ese carácter, pero en el fondo sé que compartirá mi opinión. Estoy segura de que, en cuanto comprenda lo feliz que es su padre ahora, va a dejar de suspirar por las esquinas.

Concurso Vivir en un cohousing

Relato ganador del mes de junio del concurso de Valencia Escribe: Vivir en un cohousing.

 

Juntos al fin

 

El día 17 de enero de 2020 se inauguró en el Ateneo Marítimo de Valencia una estupenda exposición de fotografías inspiradas en microrrelatos.

El Grupo fotográfico Arse seleccionó algunos relatos escritos por miembros del colectivo literario Valencia Escribe para contar en imágenes lo que les evocaban las historias narradas. El resultado de esta colaboración fue magnífico.

Mi relato, “Juntos al fin” fue trasladado a imágenes por el fotógrafo Carlos Ibáñez Colas.

Ella llegó una hora antes y se acodó en la barandilla. Inquieta por dentro pero calmada por fuera, barrió con la mirada el jardín. Para tranquilizarse cerró los ojos e inspiró el aroma que desprendían las rosas de color amarillo que crecían disciplinadas a sus pies.

Él llegó con el tiempo justo. Era la primera vez que salía de su aldea en las montañas. Acalorado y nervioso estuvo a punto de perderse dos veces, pero logró encontrar el parque.

Ella creyó haberlo identificado pero no tuvo valor para llamarlo; él buscó desesperado, pero acabó sentándose en un banco, derrotado.

La insignificante pluma que, arrastrada por el viento, fue a posarse a los pies de aquel hombre triste rompió las barreras y unió dos almas gemelas.

 

 

Alto, claro y en estéreo

 

Me miré en el espejo y sentí miedo. Las dos antenas que habían aparecido sobre mi cabeza me enviaban sonidos amplificados al cerebro. Atemorizada, estaba a punto de derrumbarme y ponerme a llorar. De pronto fui consciente de las posibilidades que me brindaban mis nuevos órganos. Toda una vida ejerciendo como cotilla oficial del pueblo se veía recompensada. Por fin podría poner voz a lo que contemplaba a través del visillo.

Relato ganador del 4º premio del IV maratón de microrrelatos de Massalfassar. 16 de febrero de 2019.

El gran peso de una buena historia

 

El gran peso de una buena historia

Es un espíritu rebelde que cuando vive lo hace a tope. Desde que llegó a la habitación 303, nuestras vidas se vieron radicalmente transformadas. Pasamos de vivir una existencia lenta, aburrida y gris a esperar con impaciencia el momento del día en que nuestra nueva vecina apareciese en la sala común.

Pesa cien kilos, lleva una larga melena rubia, calza unas espectaculares botas camperas y fuma, siempre que se lo permiten, sin parar. Su gran cerebro teje unas historias maravillosas y las cuenta con sensibilidad. Tiene noventa años y se llama Marilyn.

Tengo la esperanza de que mi avanzado proceso degenerativo se me lleve a mí antes que la edad a ella. El Paraíso lo pintan bien, pero mientras permanezca en la tierra, Marilyn ha hecho de mi mundo un lugar mejor.

Relato ganador del primer premio del III Concurso de relato rápido Valencia Escribe (9 de junio de 2018)