Al fin, el mar

Ni siquiera se ha quitado la ropa. Ha salido del coche, ha echado a correr agitando los brazos como un lémur, ha proferido gritos enloquecidos; se ha tropezado dos veces, una por cada zapato y se ha zambullido en el agua. Mira que se lo he dicho, que no cubre, he gritado detrás de él, ¡que no cubre! Y hala, de plancha. Plas. Pues ni por esas se le ha pasado la emoción, se ha dado la vuelta y a dejarse mecer por las olas hasta que se le arrugue la piel como una pasa.

📸Paolo Pellegrín, “Sea”

Relato para Los viernes creativos.

https://elbicnaranja.wordpress.com/

Toda una profesional

Declinaba ya el mes de agosto cuando superó con éxito el curso intensivo de escritura que le regalé para su cumpleaños. Siempre ha sido una mujer muy trabajadora así que, en su afán por dominar la técnica aprendida, decidió aplicar todo lo estudiado ese mismo día. Se leyó un par de novelas, revisó apuntes, empezó a esbozar la trama, tomó notas sobre posibles argumentos… Cuando llegué a casa, la encontré sentada en el suelo de la cocina, ataviada con varios complementos. Ante mi extrañeza, me explicó que estaba perfilando a la protagonista, pero que había recibido tantos consejos, tantas ideas y había escuchado a tantos profesores distintos, que al final, se había perdido y ya no era capaz de encontrar su propia voz.

Inspirado en la foto propuesta por Bienve Fajardo para Valencia Escribe.

Contrato en toda regla

Foto propuesta por Bienve Fajardo para Valencia Escribe

Le habían asegurado que sería una estancia muy especial. ¡Y vaya si lo fue! En el apartado del alojamiento especificaba claramente que era “un entrañable rincón” caracterizado por “la calidez y la cercanía de sus dueños y el resto de huéspedes”. Por mucho que intentara buscar un resquicio legal para denunciarlos, no pudo acogerse a nada. Era exactamente lo que le habían ofrecido cuando lo alquiló.

A ciencia cierta

<<A mí me parece que el problema lo tiene en el ojo>> —dijo con gravedad el primero. <<Pondría la mano en el fuego por la espalda>> —aseveró el segundo. <<Dejadme que os diga que el fallo parece haber estado en la fuerza con la que la hemos colocado>>—comentó el tercero. Por mucho que debatieron, no dieron con la razón por la cual se había quemado la lubina, pero teniendo en cuenta su corta edad, yo diría, sin miedo a equivocarme, que fue todo cuestión de minutos.

Para el reto de las 5 líneas de Adella Brac, mes de mayo. Con las palabras: Problema, fuerza, ojo.

Un secreto a simple vista

Hace unos días, volví al pueblo porque supe que había fallecido mi tía Rosa. Fue un día muy triste para mí, pero aún más para mi pobre abuela, que se hundió en un abismo sepulcral. No ha vuelto a hablar desde entonces. El día del entierro descubrí, con gran sopresa, que, en realidad, Rosa no era familia nuestra.

Cuando el gruñón del abuelo dejó este mundo, la tía Rosa se fue a vivir con mi abuela a la casa del pueblo. A mí siempre me pareció que se com- plementaban a la perfección. Una nos preparaba el chocolate y la otra, las rosquillas. Mis primos y yo disfrutábamos mucho cuando las íbamos a visitar. Nunca olvidaré el día en que me armé de valor para presentar a mi novia a la familia. En casa pusieron el grito en el cielo porque mi pareja era chica y no chico, sin embargo, mi abuela y la tía Rosa se miraron sonrientes, nos sen- taron a la mesa y nos sirvieron un buen trozo de bizcocho recién horneado.

Enredados

http://www.sandrogiordanoinextremis.it/

Hoy hemos ido a visitar a papá y a mamá a su nueva residencia. Les han asignado una habitación muy agradable, solo se escucha la brisa meciendo las hojas de los árboles. Mi abuela y yo hemos coincidido en que les vendrá bien esa tranquilidad exterior para encontrar la paz interior que perdieron en las dichosas vacaciones.

Cuando acabó el estado de alarma, el vecindario se volvió un poco loco. En mi casa se organizó una escapada a la playa.

Mi padre tardó una semana en hacer las maletas, porque todo le parecía imprescindible; mi madre tecleaba sin parar en el ordenador en busca del mejor hotel y las mejores excursiones.

Estaban eufóricos, pero no me preocupé hasta que llegamos a la playa.

Con un furor inhumano, arguyendo que tenían poco tiempo, y <<que bastante encerrados habían estado ya>>, intentaron hacerlo todo, pero todo a la vez y se hicieron un lío.

Entonces yo, asustado, llamé a la abuela para que viniera a buscarme y me llevó a su casa y a ellos, a un hospital especial, para que los ayudaran a encontrar la calma que había quedado flotando sobre las olas del mar.

Relato escrito para El Bic naranja: los viernes creativos. Inspirado en la foto de http://www.sandrogiordanoinextremis.it/

¡Bum!

Desde que tuvo uso de razón, su madre se lo contó todo. No quería que su hijo viviera pensando que su padre los había abandonado. Los pocos recursos invertidos en su importante investigación se habían consumido y tuvo que experimentar consigo mismo, asumiendo riesgos. Lo único que quedó de él fue un susurro de despedida y un reflejo que de tanto en tanto, puede apreciarse en los charcos.

Imagen propuesta por Bienve Fajardo, para Valencia Escribe.

En sintonía (Premio Categoría General VII Certamen de microrrelatos Javier Tomeo)

Hace unos días, mi vecina Carmen me pidió que la ayudara a resintonizar los canales de la tele. Me llevó un buen rato hacerlo, así que, al acabar, me invitó a un café con pastas y me contó sobre su marido —el pobre murió ya hace unos años— y sobre lo felices que habían sido juntos. Me enterneció su historia y me sentí bien al ayudarla porque me imaginé que la televisión sería su única compañía. Cuando salí de su casa, coincidí en el ascensor con otra vecina, que me comentó que ella también había ido a ayudar a Carmen y que juraría que le había dejado los canales perfectamente organizados. En el zaguán, el conserje le contaba a su mujer que el lunes había pasado media tarde ayudando a la señora Carmen con la tele porque la pobre mujer no se aclaraba con los canales.

Hace un rato, mientras introducía la llave en la cerradura para entrar en casa, no he podido evitar sonreír al escuchar, en el piso de arriba, que alguien salía al descansillo y aseguraba a mi vecina que mañana mismo iría a ayudarla con esa endiablada televisión.

Premio de la categoría general en el en VII certamen de microrrelatos Javier Tomeo.

Rozando la imperfección

La nieta mayor se coloca las orejas de ratón a modo de diadema y se sienta sobre una montaña de cojines, muy cerca del árbol iluminado; las otras dos se maquillan entre risas y se visten con sus mejores galas antes de hacer acto de presencia en el comedor. La abuela se envuelve en su chaqueta de lana y se prepara un té, todavía falta un rato hasta que empiecen a cenar; el abuelo se sienta a su lado y la abraza. El hijo y su mujer se acomodan en dos sillas de diseño y atacan la bandeja de turrones a sabiendas de que se van a arrepentir. Las otras dos hijas con sus respectivos maridos ocupan su lugar en el sofá. Ya están todos preparados para abrir los regalos. En medio de una gran algarabía se desenvuelven cajas, se estrujan papeles, se rompen lazos; todo son exclamaciones y gritos. Prácticamente no se entiende nada, pero qué alegría ver la sorpresa en la cara de los demás. Parecen unas navidades ideales, como esas de las películas, las que reflejan momentos entrañables en familia. Y hubieran sido perfectas si en ese pueblo del Pirineo tuvieran mejor cobertura y no se congelara la imagen cada dos por tres o si al teléfono de los de Valencia no se le hubiera acabado la batería, o si en Tartu no fuera tan tarde o, incluso, hubieran sido dignas de un buen largometraje si este año la Navidad no hubiera sido diferente. 

Cuento navideño escrito para el concurso de cuentos navideños #unaNavidaddiferente organizado por Zenda e Iberdrola.