La cena

Foto de Sandro Giordano

Esta vez me pudo la fama, la que me habían puesto en el pueblo, la de cotilla. Fui incapaz de perdérmela. El ex de mi prima con su nueva novia, que resulta que es la ex de mi hermano, que los acompañaba a la mesa con su mujer actual. Demasiado jugoso. El arnés demasiado desgastado; la cuerda, demasiado suelta; el golpe, demasiado fuerte; el precio por haberlos sorprendido, el justo y necesario.

Para El Bic naranja: los viernes creativos.

Princesa

Ilustración de Mar Planelles Rapún

Corrió hasta perder el aliento. Todavía atronaba en su cabeza la música de aquel baile maldito. Las risas martilleaban sus sienes como un tambor. El joven se sentía sucio por fuera y por dentro. No había sabido contener su lengua y lo había echado todo a perder. Tantos años de control férreo, de normas, de discreción. Todo había saltado por los aires cuando eligió “verdad” y respondió con sinceridad a una sola pregunta. —Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?

Para el reto del mes de abril, de las Cinco líneas, de Adella Brac. 

Palabras: joven, princesa y música.

Y vuelta a empezar

No se te dan bien. Te atropellas, te enredas, te confundes. Una mirada cruzada, una sonrisa, un guiño. Se te desenfoca el cerebro, imaginas, trazas un sendero de baldosas amarillas. Hasta que vuelve a suceder. Se desmorona. La imagen cae tras los cristales rotos y te das cuenta de que no ha ocurrido nada. Una barra, un vaso, un espejo y tu cara al otro lado diciéndote que no te miraba a ti. Que no se te dan bien los comienzos. Y pides otro trago. A tu lado, alguien que lleva una copa en la mano se acoda en la barra y te roza el brazo. Decides darte otra oportunidad.

Mi propuesta para la primera convocatoria del 2022 en Esta noche te cuento (ENTC). Tema a elegir entre el frío y los comienzos.

El álbum

Lo ha vuelto a hacer, señoras y señores. Aunque haya suplicado, dejado de hablar durante una semana, resoplado, me haya refugiado en mi habitación con la música a tope. A ella le da igual. Sin piedad. No solo ha preparado un bizcocho, que estamos muy flacos, sino que ha sacado el dichoso álbum y ha contado a mis nuevos amigos aquel verano en la playa.
¿En serio?

Micro inspirado en la foto propuesta esta semana para en los viernes creativos de El Bic naranja.

Espaldas anchas

Su madre perdió la memoria demasiado pronto, a la espalda; su marido se fugó con el repartidor de Glovo, a la espalda; su hija mayor se citó con un contacto de Instagram que resultó ser un pervertido, a la espalda; en el trabajo tuvieron que recortar las horas por necesidades del servicio, a la espalda.
Todo se lo fue echando a la espalda, hasta que hizo crack. Lo último que se sabe de ella es que se subió a un tren. Iba ligera de equipaje, ni siquiera una mochila en la espalda.

Para la foto propuesta por Bienve Fajardo para Valencia Escribe.

Tenía razón la tía

Siempre contaba la misma historia. En los cafés de media tarde, con el bizcocho desmigajándose entre sus dedos, nos explicaba su teoría sobre la desaparición de Berta. A mí me parecían cuentos de vieja y la escuchaba más por respeto que por interés. Pero la vida nos pone en nuestro sitio, y, ahora, que soy yo la que chupa las galletas porque no puedo morderlas, resulta que me encuentro cara a cara con la mujer desaparecida. Y tenía razón mi tía, ahí está tan feliz, como si no hubiéramos pasado toda una vida buscándola.

Micro inspirado en una foto propuesta por Bien Fajardo para los Amigos de Valencia Escribe.

Inquietante

Había quedado con el tío más bueno que había visto en mi vida justo el día en que a mi familia le dio por reunirse para comer. Como esas comidas se alargan hasta las tantas, ideé un plan. Es curioso que, aunque jamás he probado un cigarro, a nadie le extrañara que saliera a fumar al jardín. Coloqué el pitillo que le había robado a mi prima y mi chaqueta entre los arbustos y me fui a enredarme entre los brazos que me esperaban. 

No es que me queje, todo salió bien, pero siento un molesto cosquilleo al no haber recibido ni un mensaje de preocupación, ni una llamada. Nadie se ha percatado de mi ausencia. Ni un comentario, ni una pregunta, nada.

Inspirado en la foto de Ben Zank para los Viernes creativos del Bic naranja.

Indigestión

Foto: Olga Mayor

Ocurrió así, señor comisario, como se lo cuento. Sé que sueña extraño y que no me presta atención, pero es la pura verdad. Por favor, míreme cuando le hablo, no ponga esa cara de barbo como si la cosa no fuera con usted. Se lo estoy contando tal cual pasó. La historia es algo extravagante, pero, ¿cuándo no lo es la realidad? Vivimos en un mundo de locos donde ya nada es lo que parece. 

Si tiene paciencia, acabará entendiéndolo. Ya no volverán a tomarle por el pito del sereno. Será el que resolvió el caso más extraño del verano. Le aseguro que fue así como ocurrió. Yo estaba allí. ¿No me quiere mirar? Bueno, allá usted. 

Yo se lo explico de todas formas, que, para hablar me basto sola.

Mi marido y yo pasábamos unos días de asueto en Sanse (es así como llamamos a San Sebastián). Habíamos comido en una terraza divina (no vaya usted a pensar que todo son pinchos en el País Vasco, no solo de pan vive el hombre) y se nos había subido un pelín el vino. Nos fuimos a dar un paseo para ayudar a la digestión, que anda un poco lenta últimamente, y a hacernos unos selfis, para poner los dientes largos a las amigas. Lo normal, vamos. Y se me vino a la cabeza, tonta de mí, subirme a una piedra de esas y posar. Ya ve usted que cosa más naíf, a mi edad. Jajaja, ay, discúlpeme usted, que me desvío de la historia. Total, que me subo con mis deliciosas sandalias recién estrenadas a la roca húmeda y me resbalo como un salmón. Tal cual se lo digo. ¿No le parece de lo más divertido? Qué ocurrencia más loca, ¿verdad?

Total, que mi marido, que parece muy duro, pero es más blando que un peluche, empieza a chillar como un poseso. ¡Puri, Puri! Y yo sin poder partirme de risa porque estaba ensartada en el hierro como una brocheta. Y la gente venga a gritar, a señalarme y a hacerme fotos. Y, ahora viene el colmo, cuando mi Pacho se sube a la roca para intentar desincrustarme y se resbala y ¡hala! De morros, él también a la brocheta. Uf, qué pareja más patosa. ¿No es para mondarse? 

Con que nada, señor comisario, aquí me tiene, intentando que le entre en ese minúsculo cerebro suyo que lo que le digo es lo que pasó. Pero es que no hay manera. Yo contándole la verdad verdadera y usted mirando al mar a través del ventanal, como si oyera llover. 

Le aseguro que, si no fuera porque estoy muerta, ahora mismo le daba un sopapo para espabilarlo, ¡que está usted en Babia, señor comisario!

Oteadores

Cae la tarde sobre la villa, las aceras se llenan de viandantes que pasean pausadamente. Los gritos de la chiquillería elevan el tono de las conversaciones. Empieza a llenarse la plaza. La heladería abre sus puertas y tiñe las calles de bolas de colores. Montones de bebidas frescas circulan sobre las bandejas hasta cubrir las mesas de las terrazas. No queda ni un sitio libre. Ocultos entre la multitud, imperceptibles para el ojo corriente, acechan. Lo observan todo. Están ahí mismo, cercanos, pero invisibles. Camuflados tras las parejas que se besan, tras las amigas que se encuentran. Saben exactamente cuándo ocurrirá y es entonces, justo entonces, cuando se dejan ver. En el momento en que una mesa queda libre y la familia que pasea confiada se dirige hacia ella para tomar asiento, aparecen y la ocupan primero. Son puntuales, son precisos, son profesionales.