Espaldas anchas

Su madre perdió la memoria demasiado pronto, a la espalda; su marido se fugó con el repartidor de Glovo, a la espalda; su hija mayor se citó con un contacto de Instagram que resultó ser un pervertido, a la espalda; en el trabajo tuvieron que recortar las horas por necesidades del servicio, a la espalda.
Todo se lo fue echando a la espalda, hasta que hizo crack. Lo último que se sabe de ella es que se subió a un tren. Iba ligera de equipaje, ni siquiera una mochila en la espalda.

Para la foto propuesta por Bienve Fajardo para Valencia Escribe.

Tenía razón la tía

Siempre contaba la misma historia. En los cafés de media tarde, con el bizcocho desmigajándose entre sus dedos, nos explicaba su teoría sobre la desaparición de Berta. A mí me parecían cuentos de vieja y la escuchaba más por respeto que por interés. Pero la vida nos pone en nuestro sitio, y, ahora, que soy yo la que chupa las galletas porque no puedo morderlas, resulta que me encuentro cara a cara con la mujer desaparecida. Y tenía razón mi tía, ahí está tan feliz, como si no hubiéramos pasado toda una vida buscándola.

Micro inspirado en una foto propuesta por Bien Fajardo para los Amigos de Valencia Escribe.

Inquietante

Había quedado con el tío más bueno que había visto en mi vida justo el día en que a mi familia le dio por reunirse para comer. Como esas comidas se alargan hasta las tantas, ideé un plan. Es curioso que, aunque jamás he probado un cigarro, a nadie le extrañara que saliera a fumar al jardín. Coloqué el pitillo que le había robado a mi prima y mi chaqueta entre los arbustos y me fui a enredarme entre los brazos que me esperaban. 

No es que me queje, todo salió bien, pero siento un molesto cosquilleo al no haber recibido ni un mensaje de preocupación, ni una llamada. Nadie se ha percatado de mi ausencia. Ni un comentario, ni una pregunta, nada.

Inspirado en la foto de Ben Zank para los Viernes creativos del Bic naranja.

Indigestión

Foto: Olga Mayor

Ocurrió así, señor comisario, como se lo cuento. Sé que sueña extraño y que no me presta atención, pero es la pura verdad. Por favor, míreme cuando le hablo, no ponga esa cara de barbo como si la cosa no fuera con usted. Se lo estoy contando tal cual pasó. La historia es algo extravagante, pero, ¿cuándo no lo es la realidad? Vivimos en un mundo de locos donde ya nada es lo que parece. 

Si tiene paciencia, acabará entendiéndolo. Ya no volverán a tomarle por el pito del sereno. Será el que resolvió el caso más extraño del verano. Le aseguro que fue así como ocurrió. Yo estaba allí. ¿No me quiere mirar? Bueno, allá usted. 

Yo se lo explico de todas formas, que, para hablar me basto sola.

Mi marido y yo pasábamos unos días de asueto en Sanse (es así como llamamos a San Sebastián). Habíamos comido en una terraza divina (no vaya usted a pensar que todo son pinchos en el País Vasco, no solo de pan vive el hombre) y se nos había subido un pelín el vino. Nos fuimos a dar un paseo para ayudar a la digestión, que anda un poco lenta últimamente, y a hacernos unos selfis, para poner los dientes largos a las amigas. Lo normal, vamos. Y se me vino a la cabeza, tonta de mí, subirme a una piedra de esas y posar. Ya ve usted que cosa más naíf, a mi edad. Jajaja, ay, discúlpeme usted, que me desvío de la historia. Total, que me subo con mis deliciosas sandalias recién estrenadas a la roca húmeda y me resbalo como un salmón. Tal cual se lo digo. ¿No le parece de lo más divertido? Qué ocurrencia más loca, ¿verdad?

Total, que mi marido, que parece muy duro, pero es más blando que un peluche, empieza a chillar como un poseso. ¡Puri, Puri! Y yo sin poder partirme de risa porque estaba ensartada en el hierro como una brocheta. Y la gente venga a gritar, a señalarme y a hacerme fotos. Y, ahora viene el colmo, cuando mi Pacho se sube a la roca para intentar desincrustarme y se resbala y ¡hala! De morros, él también a la brocheta. Uf, qué pareja más patosa. ¿No es para mondarse? 

Con que nada, señor comisario, aquí me tiene, intentando que le entre en ese minúsculo cerebro suyo que lo que le digo es lo que pasó. Pero es que no hay manera. Yo contándole la verdad verdadera y usted mirando al mar a través del ventanal, como si oyera llover. 

Le aseguro que, si no fuera porque estoy muerta, ahora mismo le daba un sopapo para espabilarlo, ¡que está usted en Babia, señor comisario!

Oteadores

Cae la tarde sobre la villa, las aceras se llenan de viandantes que pasean pausadamente. Los gritos de la chiquillería elevan el tono de las conversaciones. Empieza a llenarse la plaza. La heladería abre sus puertas y tiñe las calles de bolas de colores. Montones de bebidas frescas circulan sobre las bandejas hasta cubrir las mesas de las terrazas. No queda ni un sitio libre. Ocultos entre la multitud, imperceptibles para el ojo corriente, acechan. Lo observan todo. Están ahí mismo, cercanos, pero invisibles. Camuflados tras las parejas que se besan, tras las amigas que se encuentran. Saben exactamente cuándo ocurrirá y es entonces, justo entonces, cuando se dejan ver. En el momento en que una mesa queda libre y la familia que pasea confiada se dirige hacia ella para tomar asiento, aparecen y la ocupan primero. Son puntuales, son precisos, son profesionales.

Al fin, el mar

Ni siquiera se ha quitado la ropa. Ha salido del coche, ha echado a correr agitando los brazos como un lémur, ha proferido gritos enloquecidos; se ha tropezado dos veces, una por cada zapato y se ha zambullido en el agua. Mira que se lo he dicho, que no cubre, he gritado detrás de él, ¡que no cubre! Y hala, de plancha. Plas. Pues ni por esas se le ha pasado la emoción, se ha dado la vuelta y a dejarse mecer por las olas hasta que se le arrugue la piel como una pasa.

📸Paolo Pellegrín, “Sea”

Relato para Los viernes creativos.

https://elbicnaranja.wordpress.com/

Toda una profesional

Declinaba ya el mes de agosto cuando superó con éxito el curso intensivo de escritura que le regalé para su cumpleaños. Siempre ha sido una mujer muy trabajadora así que, en su afán por dominar la técnica aprendida, decidió aplicar todo lo estudiado ese mismo día. Se leyó un par de novelas, revisó apuntes, empezó a esbozar la trama, tomó notas sobre posibles argumentos… Cuando llegué a casa, la encontré sentada en el suelo de la cocina, ataviada con varios complementos. Ante mi extrañeza, me explicó que estaba perfilando a la protagonista, pero que había recibido tantos consejos, tantas ideas y había escuchado a tantos profesores distintos, que al final, se había perdido y ya no era capaz de encontrar su propia voz.

Inspirado en la foto propuesta por Bienve Fajardo para Valencia Escribe.

Contrato en toda regla

Foto propuesta por Bienve Fajardo para Valencia Escribe

Le habían asegurado que sería una estancia muy especial. ¡Y vaya si lo fue! En el apartado del alojamiento especificaba claramente que era “un entrañable rincón» caracterizado por “la calidez y la cercanía de sus dueños y el resto de huéspedes”. Por mucho que intentara buscar un resquicio legal para denunciarlos, no pudo acogerse a nada. Era exactamente lo que le habían ofrecido cuando lo alquiló.