En pena por Navidad

Hoy mi hermano mayor ha vuelto a casa por Navidad. Nos ha extrañado a todos, la verdad. Ya no esperábamos volver a verlo después de lo que ocurrió el año pasado, pero bueno, es uno más de la familia, así que le hemos hecho un hueco en la mesa. Él ha pasado de largo y se ha sentado en el sofá.

Trae mala cara. Tan tristón, tan ojeroso… No parece que le haya ido mejor que desde que se presentó con esa amiga suya, aquella con el pelo lleno de rastas, con la piel más negra que el carbón y unos ojos que parecía que atravesaban todos los rincones.

Muchas veces comentamos lo desagradable que fue tener que hablar con ella, responder a sus preguntas, darle explicaciones. Pero, ¿quién se había creído que era esa desconocida para venir aquí a indagar en la historia familiar?

El asunto acabó mal, claro. Aguantamos un rato, pero al final, tuvimos que echarlos a los dos con cajas destempladas. A la calle. A molestar a otra parte.

Y ahora vuelve a casa. 

Ha sido tan sorprendente verlo atravesar la puerta cargado con la vieja maleta que nos hemos quedado callados, quietos, a la espera.

Ha resoplado, se ha pasado la mano por la cara y de pronto, ha sacado algo de la maleta, se ha puesto a trastear por todas partes sin pronunciar ni una palabra, y sin ton ni son le ha prendido fuego a la casa con nosotros dentro.

Mientras se alejaba a paso ligero por el camino de gravilla, juraríamos que lo hemos oído susurrar: <<Descansad en paz>>.

#CuentosdeNavidad Relato

Este es el cuento con el que participo en el séptimo concurso de cuentos de Navidad, organizado por Zenda con el patrocinio de Iberdrola.

Animaladas

Ilustración de Mar Planelles

La primera vez que probé el pienso para desayunar, me pareció que tenía una consistencia arenosa. Antes de catarlo, lo olisqueé, pero no percibí nada. Entendía que las propiedades por las que se recomienda su ingesta en el desayuno eran necesarias para el organismo, pero no resultó nada apetitoso.

No obstante, siguiendo las recomendaciones de la veterinaria, seguí tomándolo cada mañana.

El heno fue un asunto más peliagudo. Según el documento que me habían enviado, el heno debía constituir el 70 % de la alimentación diaria. No sabía cómo hacerlo. Estaba confuso. Era demasiado duro para masticarlo y tragarlo. Probé cociéndolo, pero en las instrucciones se indicaba claramente que debía ser fresco. Al final, opté por triturarlo y, tomarlo a cucharadas, masticándolo durante mucho tiempo hasta hacerlo pasable.

Con el agua no hubo problema. Bebía toda la que necesitaba y cuando se vaciaba el recipiente, lo volvía a llenar. Siempre fresca y limpia. Era de agradecer, teniendo en cuenta que la lengua la tenía rasposa del heno y las encías y el paladar sangraban debido al constante roce de las hierbas en la cavidad bucal.

Lo mejor llegaba con la merienda y la cena. 

Por la tarde, sobre las cinco, me permitía un trozo pequeño de fruta. Podía ser manzana, melón, sandía… A veces, un trozo de pimiento rojo o verde, por aquello de la vitamina C. Y por la noche, a eso de las ocho y media, me tocaba la ración de ensalada, preparada a base de hojas, cuanto más verdes, mejor. Sin aliñar ni añadir nunca ni proteínas ni cereales.

Mantuve esta dieta recomendada durante un mes aproximadamente, pero, a pesar de la promesa que me había hecho a mí mismo y a ellos, no logré pasar de ahí. Tuve que volver a mis tazones de leche, a mis cereales, a mis pechugas a la plancha, a mis avellanas. De verdad que lo intenté, pero es que mi naturaleza no estaba hecha para este tipo de alimentación. Yo me había propuesto ser uno más de la familia y acompañarlos en todo momento, pero empecé a sentirme enfermo y no me quedó más remedio que acudir a un profesional. 

El médico me entregó un folleto con unas cuantas recetas apropiadas para mí y me rogó que las siguiera para mejorar el terrible estado de salud en el que me encontraba. Tras una larga consulta en la que me hizo muchas preguntas, solicitó cita para el psiquiatra porque consideró imprescindible que le comentara mi situación. 

Hay que reconocer que acertó tanto el diagnóstico como el tratamiento porque, desde que seguí sus consejos, mi estado físico ha mejorado considerablemente. El médico de cabecera y el psiquiatra quedan una vez por semana para conversar sobre mí y para ver cómo van a afrontar mi recuperación, creo que se están planteando escribir un artículo y publicarlo. Sin embargo, todavía hay algunas cosillas que no han logrado corregir y se hacen cruces al no entender por qué persisten mis dolores de espalda.

Me entristece verlos tan perdidos porque les he tomado mucho afecto, pero es que considero demasiado íntimo hablarles de algo tan personal. Todavía no tengo la confianza suficiente para explicarles que, por las noches, aunque ya cene como un humano, todavía sigo durmiendo, acurrucado sobre el heno, dentro del recinto de mis queridísimos cobayas.

Relato escrito para el Concurso de relatos #HistoriasdeAnimales, de Zenda libros.

Sacrificada

Acaricié las gafas una vez más y las guardé en su estuche. Había llegado la hora de la despedida.

Todavía me permití unos minutos para deshacerme de la garra invisible que me oprimía la garganta como en las tardes de domingo, cuando las pasaba rodeada de exámenes sin corregir; rememoré las largas horas entre libros y libretas llenas de tachones y manchas de tinta; los desvelos por los alumnos problemáticos, las ojeras por aquella madre que no acudía a las reuniones, por los suspensos irremediables; las risas por las notas brillantes, capaces de iluminar hasta los días más lluviosos; el mal humor, los suspiros, los cigarros, los cafés, las prisas, la falta de tiempo para todo. 

Recordé la soledad, la envidia, los celos y, casi al final del todo, la comprensión. 

Mientras daba el último adiós al maletín, a la chaqueta de paño, a la bufanda de lana, brotaron las lágrimas y resonaron en mi pecho los aplausos del día de la jubilación; reviví el momento en que decenas de adolescentes se pusieron en pie, en el que padres con los ojos enrojecidos lanzaron alabanzas por toda una vida dedicada a la docencia, por la maravillosa maestra que siempre fue, pero que yo nunca tuve.

Cerré la puerta tras de mí y me despedí, al fin con orgullo, de mi madre.

Relato que presento al concurso de relatos #MaestrosInolvidables, organizado por Zenda e Iberdrola.

Nostalgia de un futuro que está por llegar

El sol, harto del cielo encapotado de nubes, se había ocultado ya tras las montañas azules. La nieve no había dejado de caer en todo el día. Se había ido posando silenciosa sobre el suelo, capa sobre capa, hasta formar un manto blanco, roto en la calzada por las ruedas de los coches; y, en las aceras, por las pisadas encharcadas que dejaban las botas al pasar.

El edificio de color rojo que coronaba la parte alta del pueblo permanecía en silencio hasta que, a las cinco en punto, una sirena estridente dio paso a la apertura de puertas y un rebaño de niños desbocados salió por ellas dando por concluido el trimestre escolar.

Entusiasmados, descubrieron que la entrada del colegio estaba cubierta por medio metro de nieve. Coloradas las mejillas, entrecortadas las respiraciones, chillonas las voces. Preparados los proyectiles, los pequeños soldados improvisados protagonizaron una memorable batalla campal.

Poco a poco, se fueron dispersando, dirigiéndose cada mochuelo a su olivo. Los dos primos, con las mochilas cargadas a la espalda, pusieron rumbo a casa de la abuela cogidos del hombro. Pulsaron el timbre del portero automático del edificio y subieron los escalones de dos en dos; empujándose y riendo. La luz anaranjada que asomaba, tímida, a través de la puerta entreabierta los recibió. Al traspasarla se vieron envueltos por el aroma a toquilla de lavanda, a madera de mecedora, a caldo de cocido, a croquetas, a chocolate caliente. 

Apenas dos días después, la casa se abarrotaría de risas, de ruidos de platos, de papeles estrujados, de juguetes, de gente. Se llenarían los rincones olvidados, se iluminarían las habitaciones cerradas, se reunirían las personas separadas por las rutinas diarias, se contarían chistes, se narrarían cuentos, se beberían refrescos azucarados y se comerían dulces. Solo dos días, unas pocas horas para poder estar al fin todos juntos de nuevo, en casa, en familia, en Navidad.

Relato navideño inspirado en la realidad pasada y con esperanzas de que pueda volver a producirse en el futuro. Aprovecho para desearos desde aquí que paséis unas felices fiestas y que empecéis con buen pie el nuevo año.

Para el sexto concurso de cuentos de Navidad organizado por Zenda e Iberdrola.

#cuentosdeNavidad

Filtros

#flipaoporelverano estaba decidido. Iba a compartir con el mundo entero el mejor verano de su vida. Empezaría el 1 de julio y publicaría una entrada cada día hasta el 1 de agosto. No se dejaría nada en el tintero: comidas, puestas de sol, rincones especiales, grafitis urbanos… Abriría su cuenta al público y permitiría que cualquiera pudiera disfrutar de sus magníficas fotos con poéticos comentarios y emojis animados.

Reflexionó sobre aquello que quería reflejar, escribió en la agenda lo que mostraría cada día y lo hizo de manera equilibrada. Estudió otros perfiles en la red y memorizó las poses que más triunfaban, siempre sin mostrar el rostro, el truco residía en la sutileza. No estaba dispuesto a volver a pasar desapercibido, a soportar las aventuras de otros sin aportar las suyas propias. Había llegado su momento.

Aunque tuviera que arriesgar su puesto de trabajo robando fotos del restaurante, aunque redujera las horas de sueño para captar un atardecer en la playa. A pesar del riesgo que conllevaba solicitar selfis a los clientes más famosos del hotel, estaba seguro de que el esfuerzo valdría la pena. 

Desde la oscura garita, contabilizaría el aumento de seguidores; las imágenes en blanco y negro de las cámaras de seguridad rivalizarían con las fotos filtradas en dramático cálido de la pantalla de su móvil. El tedioso trabajo que había aceptado a espaldas de todo el mundo transcurriría lento en las noches estivales, ajeno por completo a las idílicas vacaciones que serían por fin, la envidia del barrio.

Este es el relato que presento al concurso de Zenda #elveranodemivida.

Y los sueños, sueños son

Con el pelo recogido en una coleta, el traje de chaqueta recién planchado y el maletín organizado, la profesora se dirige con paso firme al instituto. Hace buen tiempo y disfruta del trayecto. Cuando llega al aula, el alumnado la espera sin alborotar. Las clases discurren sin problema y cuando vuelve a casa, se siente realizada y feliz por un trabajo bien hecho. En el momento exacto en el que dan las ocho en el reloj de pared, un estruendo insoportable la obliga a taparse los oídos. Es tan estridente que cierra los ojos y aprieta los párpados en un gesto de dolor. Cuando los abre por fin, comprueba con espanto que son las ocho de la mañana y el despertador truena sobre la mesilla de noche. Se levanta de un salto con la sensación de haber pasado la noche apretando la mandíbula y consciente de que no va a llegar a tiempo. Sale como un vendaval de casa, sin haber desayunado, con el pelo tapándole la cara y todos los documentos apretados contra el pecho. Atraviesa el patio entre gritos y empujones juveniles y llega al aula empapada en sudor. Coge la tiza y escribe en la pizarra: La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca.

Concurso de relatos #MiMejorMaestro organizado por Zenda e Iberdrola.

Nueva pedagogía

Como si fuera un ilusionista que saca un conejo de la chistera, don Matías agitó su varita y en el bolsillo de su chaqueta apareció un puñado de seres humanos. Eran chiquitines y muy graciosos. 

Ante la incredulidad de los peques que hacían corro a su alrededor, los depositó en el suelo. Tuvieron que tener mucho cuidado para no pisarlos porque se movían mucho. La sorpresa se reflejaba en la cara ilusionada de los pequeños titanes que, en su primer día de cole, habían tenido la suerte de topar con el mejor profesor de ciencias que hubieran podido desear.

Relato escrito para la página solidaria «Cinco palabras». Las palabras del mago Jorge Blas son ilusionista, conejo, varita, incredulidad, sorpresa.

https://cincopalabras.com/2020/04/26/escribe-tu-relato-del-mes-de-abril-v/

Lo presento a la convocatoria de Zenda libros: #MiMejorMaestro