Ángeles en Navidad

Foto de Pablo Rapún Mombiela

El anuncio de la desaparición de Pablo se difundió en todos los medios la tarde de Navidad. No habían pasado ni 24 horas desde que fue visto por última vez, por lo que más adelante se comentaría en algunos círculos que quizá había existido cierta precipitación en la denuncia, a pesar de que fuera inconcebible que la mesa estuviera puesta, los comensales sentados y su silla, vacía. 

La noche anterior había cenado con la familia y se había comportado con normalidad, pasándose con las almejas y el turrón, como todos los años. Por la mañana, parece ser que había salido temprano, aunque su mujer no podía asegurarlo porque no tenía claro si lo había visto en sueños o en carne y hueso. Faltaba algo de ropa de deporte en el armario, un forro polar y el gorro. No se había llevado el móvil ni la cartera. ¿Qué le habría pasado por la cabeza? ¿Qué penurias estaría padeciendo? ¿Dónde le habrían conducido sus pasos?

Todas estas preguntas y algunas más se debatían en la sobremesa de algunas casas en las que se alternaban los polvorones con las elucubraciones más dispares.

Ya casi había anochecido cuando Pablo hizo acto de presencia. Llegó silbando tranquilamente, con las mejillas arreboladas y un intenso olor a frío invernal. Se sorprendió mucho por el despliegue que encontró al entrar en el comedor y por el bofetón que le cruzó la cara a traición. Se disculpó, avergonzado, al percatarse de la hora. Le había pasado el tiempo volando y ni siquiera se le había despertado el apetito.

Prefirió pedir disculpas y decir que se había desorientado. La simple y feliz realidad no hubiera sido recibida con agrado en un ambiente tan cargado.

Micro publicado en el Nº1, de la tercera era, de la Revista Digital Valencia Escribe.

Para mi hermano, Pablo.

Atemorizada

Algo la ha sobresaltado y se ha despertado. Unos ruidos apagados se cuelan por debajo de la puerta. Su primera reacción es levantarse y salir a mirar, pero se lo piensa mejor y vuelve a meterse bajo las sábanas. Sabe que es irracional, pero decide cubrirse entera, cabeza y todo, y quedarse muy quieta, conteniendo la respiración, escuchando.

No hay duda, alguien se mueve por la casa. Lo oye lejano, como si no llegara a atravesar el pasillo que conduce a su habitación. De momento, parece estar a salvo. De repente, un golpe fuerte. Está a punto de gritar, pero afortunadamente, lo que hace es morder la sábana para acallar su miedo.

Ahora todo está en silencio. Sí, está segura. No se oye nada. 

Se levanta despacio, se calza las zapatillas y sale con precaución del dormitorio. Recorre el pasillo pegada a la pared sin atreverse a encender la luz. Cuando llega al comedor, sus peores temores se han cumplido. La televisión y el equipo de música han desaparecido. En su lugar, una nota que, como siempre, dice: <<Tranquila, mami, algún día te lo devolveré. Solo he tenido una mala racha. Tu hijo.>>

Micro publicado en el número 9 de la Revista digital Valencia Escribe.

Tempus fugit

En la loca carrera inexplicable en la que se diluyen los aromas, los colores y los paisajes, es una inversión inútil el derroche constante por retenerlo. Porque, sin que nos demos cuenta, él nos golpea implacable, sin compasión. 

Mientras, ahogados en la sinrazón de la corriente, nos dejamos arrastrar impotentes, él nos arrebata la vida. Esa que, tan obsesionados por su paso, hemos olvidado vivir.

Micro publicado en el número 8 de la Revista Digital de Valencia Escribe.

El juego de café

Número 6 Revista Digital Valencia Escribe

Eres terrible y por eso te quiero. Menudas ideas se te ocurren. Si mi madre levantara la cabeza y nos viera se volvía a morir del susto. Nunca pensé que me atrevería a hacer algo así, desde luego no es esto lo que nos enseñaron en el internado. A ver si puedes pasarme el azúcar sin moverte mucho, por favor, que siempre me ha gustado dulce. Te agradezco que me hayas invitado a tomar café de esta manera tan especial. Es una experiencia que nunca olvidaré. ¡Ay, pobrecito!, casi te quemo el ombligo con la cucharilla.

Si te apetece, cuando me lo acabe, me desnudo, me tumbo yo y cambiamos los papeles. Al final habré de darle la razón a mi madre, que no se cansó de repetirme una y otra vez que todo sabe mejor sobre una mesa bien puesta.

Peligro por curva

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La reunión se ha alargado hasta bien entrada la noche, he de reconocer que estoy agotada. Salgo del edificio y me dirijo a la plaza en la que he aparcado el coche. Desde aquí se puede vislumbrar la luna reflejada en el pantano. Me sé la carretera de memoria, cada curva, cada bache. Pronto estaré entre las sábanas disfrutando de un merecido descanso. Arranco y emprendo el viaje de vuelta. Apenas he cerrado un segundo los ojos, pero me ha invadido el sueño. Es muy profundo porque siento cómo me zambullo en él. Como si me acabara de tirar desde un trampolin y me hubiese sumergido en el agua.

Érase una vez un enano saltarín. 

Estoy absolutamente inmersa en ese sueño o en ese cuento. Puede que se haya quedado grabado en algún recodo de mi cerebro y ahora esté reproduciéndose una y otra vez. Enano arriba, enano abajo, salta y canta. Las letras bailan en mi cabeza. Y aunque pueda parecer increíble, siento físicamente como si yo fuera él y estuviese brincando sin parar. De pronto todo se detiene, el enano desaparece y me invade el dolor.

Despierto y veo, reflejada en las puertas acristaladas del hospital, una ambulancia. Un par de hombres vestidos de blanco me transportan en una camilla a toda velocidad.

Relato publicado en el número 5 de la Revista Digital de Valencia Escribe.

Distorsión

La mujer llegó agotada del trabajo pero, como siempre, encontró fuerzas para leerle un cuento.

Dio un respigo cuando escuchó a su hija decir que solo lograba dormirse si pensaba en aquella expedición a Alemania; que atesoraba el recuerdo de su padre tamborileando con los dedos sobre el volante mientras lanzaba miradas divertidas por el espejo retrovisor a la niña que jugaba en el asiento trasero del coche.

La madre buscó una excusa para salir de la habitación y, apoyada en el marco de la puerta, lloró a escondidas y buscó en su interior la fuerza necesaria para explicarle a una niña de 5 años que esos recuerdos no eran los suyos y que el día en que su padre eligió compañeras de viaje, la suerte no estuvo de su lado.

Relato publicado en el número 4 de la Revista Digital Valencia Escribe (segunda era).