Atemorizada

Algo la ha sobresaltado y se ha despertado. Unos ruidos apagados se cuelan por debajo de la puerta. Su primera reacción es levantarse y salir a mirar, pero se lo piensa mejor y vuelve a meterse bajo las sábanas. Sabe que es irracional, pero decide cubrirse entera, cabeza y todo, y quedarse muy quieta, conteniendo la respiración, escuchando.

No hay duda, alguien se mueve por la casa. Lo oye lejano, como si no llegara a atravesar el pasillo que conduce a su habitación. De momento, parece estar a salvo. De repente, un golpe fuerte. Está a punto de gritar, pero afortunadamente, lo que hace es morder la sábana para acallar su miedo.

Ahora todo está en silencio. Sí, está segura. No se oye nada. 

Se levanta despacio, se calza las zapatillas y sale con precaución del dormitorio. Recorre el pasillo pegada a la pared sin atreverse a encender la luz. Cuando llega al comedor, sus peores temores se han cumplido. La televisión y el equipo de música han desaparecido. En su lugar, una nota que, como siempre, dice: <<Tranquila, mami, algún día te lo devolveré. Solo he tenido una mala racha. Tu hijo.>>

Micro publicado en el número 9 de la Revista digital Valencia Escribe.

Tempus fugit

En la loca carrera inexplicable en la que se diluyen los aromas, los colores y los paisajes, es una inversión inútil el derroche constante por retenerlo. Porque, sin que nos demos cuenta, él nos golpea implacable, sin compasión. 

Mientras, ahogados en la sinrazón de la corriente, nos dejamos arrastrar impotentes, él nos arrebata la vida. Esa que, tan obsesionados por su paso, hemos olvidado vivir.

Micro publicado en el número 8 de la Revista Digital de Valencia Escribe.

El juego de café

Número 6 Revista Digital Valencia Escribe

Eres terrible y por eso te quiero. Menudas ideas se te ocurren. Si mi madre levantara la cabeza y nos viera se volvía a morir del susto. Nunca pensé que me atrevería a hacer algo así, desde luego no es esto lo que nos enseñaron en el internado. A ver si puedes pasarme el azúcar sin moverte mucho, por favor, que siempre me ha gustado dulce. Te agradezco que me hayas invitado a tomar café de esta manera tan especial. Es una experiencia que nunca olvidaré. ¡Ay, pobrecito!, casi te quemo el ombligo con la cucharilla.

Si te apetece, cuando me lo acabe, me desnudo, me tumbo yo y cambiamos los papeles. Al final habré de darle la razón a mi madre, que no se cansó de repetirme una y otra vez que todo sabe mejor sobre una mesa bien puesta.

Peligro por curva

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La reunión se ha alargado hasta bien entrada la noche, he de reconocer que estoy agotada. Salgo del edificio y me dirijo a la plaza en la que he aparcado el coche. Desde aquí se puede vislumbrar la luna reflejada en el pantano. Me sé la carretera de memoria, cada curva, cada bache. Pronto estaré entre las sábanas disfrutando de un merecido descanso. Arranco y emprendo el viaje de vuelta. Apenas he cerrado un segundo los ojos, pero me ha invadido el sueño. Es muy profundo porque siento cómo me zambullo en él. Como si me acabara de tirar desde un trampolin y me hubiese sumergido en el agua.

Érase una vez un enano saltarín. 

Estoy absolutamente inmersa en ese sueño o en ese cuento. Puede que se haya quedado grabado en algún recodo de mi cerebro y ahora esté reproduciéndose una y otra vez. Enano arriba, enano abajo, salta y canta. Las letras bailan en mi cabeza. Y aunque pueda parecer increíble, siento físicamente como si yo fuera él y estuviese brincando sin parar. De pronto todo se detiene, el enano desaparece y me invade el dolor.

Despierto y veo, reflejada en las puertas acristaladas del hospital, una ambulancia. Un par de hombres vestidos de blanco me transportan en una camilla a toda velocidad.

Relato publicado en el número 5 de la Revista Digital de Valencia Escribe.

Distorsión

La mujer llegó agotada del trabajo pero, como siempre, encontró fuerzas para leerle un cuento.

Dio un respigo cuando escuchó a su hija decir que solo lograba dormirse si pensaba en aquella expedición a Alemania; que atesoraba el recuerdo de su padre tamborileando con los dedos sobre el volante mientras lanzaba miradas divertidas por el espejo retrovisor a la niña que jugaba en el asiento trasero del coche.

La madre buscó una excusa para salir de la habitación y, apoyada en el marco de la puerta, lloró a escondidas y buscó en su interior la fuerza necesaria para explicarle a una niña de 5 años que esos recuerdos no eran los suyos y que el día en que su padre eligió compañeras de viaje, la suerte no estuvo de su lado.

Relato publicado en el número 4 de la Revista Digital Valencia Escribe (segunda era).

 

El buen hijo

El buen hijo pantalla

Cuando acabes la dejas en la terraza. Colócala al lado del aloe, baja el toldo hasta la mitad para que no le dé el sol directamente y acuérdate de ponerle un poco de agua. Allí es donde mejor está por la tarde porque recibe la brisa que llega del mar.

Cuando empiece a oscurecer, la metes en el comedor y la colocas otra vez en la mesa. Por la noche es cuando más alegre se ve, rodeada por todos los miembros de la familia. Además, a tu madre siempre le han encantado las sopas que preparo para cenar.

Texto: Aurora Rapún Mombiela

Ilustración: Pablo Rapún Mombiela

Micro publicado en el número 2 de la Revista Digital Valencia Escribe (2ª era)

 

 

Amor sin destino

Foto blanco y negro VE

Habían planeado escapar del país de la desilusión. Su inmenso amor no tenía cabida allí y debían huir si querían llegar a ser completamente felices. Solo faltaba que el impresor llegara puntual a la cita con sus nuevos visados falsificados. 

Para evitar las miradas indiscretas, decidieron esperar en el locutorio. Ambos empezaban a acariciar ya el dulce destino en sus mentes pero la felicidad a veces es esquiva y se oculta tras duras pruebas de resistencia. 

En la mesa más escondida del local, un viejo fumaba en silencio mientras observaba con atención a la pareja de recién llegados. Estaba convencido de que había visto esas caras en alguna parte. Si se confirmaban sus sospechas, conocía a alguien que pagaría por conocer esa información. No le vendría mal hacerse con un buen pellizco para sus gastos.

El viejo se levantó y fue andando despacio hasta una de las cabinas más alejadas de donde estaba la pareja. No quería que le escucharan ni tampoco espantar a la presa que había caído en sus redes. Descolgó el auricular, marcó un teléfono que conocía a la perfección y musitó unas breves palabras. Colgó y volvió a sentarse en su oscura mesa rezando para que llegaran allí antes de que ambos pájaros volasen.  

Después de tantos años de trabajo en común, M. y J. habían desarrollado un sexto sentido que les advertía del peligro. Pasaban unos minutos de la hora acordada con el impresor para la entrega de los documentos, y eso no era normal. Sospecharon que algo no iba bien y decidieron salir de allí a toda prisa. El viejo maldecía su suerte mientras ellos se confundían con las sombras en las lúgubres calles de la ciudad. 

De repente, un coche aparcó delante del locutorio. De él descendieron dos tipos jóvenes con sombrero y largas gabardinas de cuero negro. Entraron en el local y fueron directos hacia el viejo soplón.

—¿Dónde están? —disparó uno de ellos.

—Acaban de salir hace un minuto.

—Sabes que no nos gusta que nos hagan perder el tiempo. Indícanos por donde se han marchado y si no los encontramos te aseguro que serás tú el que vendrás con nosotros.

Salieron corriendo con las armas preparadas. Estaban ansiosos por capturar a la pareja a la que llevaban tanto tiempo persiguiendo. Pero no llegaron muy lejos. En cuanto giraron la segunda esquina, cada uno de ellos recibió un golpe seco en la cabeza. Quedaron tendidos en la acera. M. y J. recogieron las pistolas de los dos hombres y se alejaron con paso rápido. Habían tomado una decisión. Irían a casa del impresor. Necesitaban esos visados.

Unos ojos habían visto toda la escena desde el otro lado de la calle. Era el chivato del locutorio que había salido cojeando detrás de los agentes. Al encontrarlos tumbados en el suelo y advertir que M. y J. salían pistola en mano, vio que ese no era su día de suerte y prefirió poner tierra de por medio. 

M. y J. ocultaron las armas y subieron a uno de los tranvías nocturnos casi vacío. 

Tras un corto viaje sin percances, bajaron en una parada cercana a su destino. Desde el otro lado de la calle observaron que la puerta estaba abierta, así que vigilaron durante un rato antes de entrar. Con cuidado, se introdujeron en el caserón. Enseguida descubrieron al impresor. Yacía en medio del pasillo con un tiro en la frente. Buscaron en sus bolsillos pero estaban vacíos. Inspeccionaron la casa hasta que dieron con la imprenta clandestina.

Sus pasaportes tampoco estaban allí. El asesino que había liquidado al impresor era la misma persona que tenía los visados y ahora conocía sus identidades. Debían salir del país esa noche con papeles o sin ellos. A todos aquellos que les seguían  la pista, se sumaba también un enemigo desconocido.

«¿Quién estaría detrás de la muerte del impresor? ¿Qué interés tenía en ellos?», pensó M. mientras salían fuera. La frontera no quedaba muy lejos.

Aunque la noche era fría y la lluvia la hacía desapacible, M. y J. se pararon en la calle y se abrazaron durante unos instantes. M. sabía que su amor era fuerte pero la sombra de la duda rondaba su mente al intentar comprender quién los estaba persiguiendo y por qué. 

«¿Acaso J. tenía algún secreto que no le había contado, o quizás, alguno de sus viejos enemigos resurgía del pasado para impedir que huyeran del país?».

Entonces M. recordó al mentor de J., que nunca quiso que se relacionaran. Ella huérfana de buena familia y M… ¡De una tan humilde! Antes de escaparse, X. los maldijo desde su silla de ruedas. Seguramente había activado sus sucios tentáculos para frenarlos en su afán de huir. Con la inmensa fortuna que manejaba como tutor de J., X. era bien capaz de haber ordenado la muerte del impresor anticipándose a sus planes de fuga.

M. compartió con J. sus sospechas. Coincidieron en que eran fundadas, y que, por lo tanto, debían llegar cuanto antes a la frontera. Empezaron a correr y no pararon hasta que la vieron frente a ellos. Ahora llegaba lo más difícil. Tenían que cruzarla. J. ya había hecho de señuelo en varias ocasiones así que decidió arriesgarse otra vez. Con su aspecto de adolescente desvalida se dirigió tambaleándose hacia el puesto fronterizo.

A aquella hora de la noche había un único vigilante. El otro debía estar dormitando en algún barracón cercano. J. confiaba en que el papel de jovenzuela borracha y perdida daría el pego. Se acercó con una sonrisa boba en la cara y mientras despertaba la curiosidad del soldado, M. lo desnucó de un golpe con la culata de la pistola. Esperaba no haberlo matado, ellos no eran unos asesinos. Solo unos amantes desesperados. 

Cruzaron rápidamente al otro lado. Por fin lo habían conseguido. 

Su felicidad se quebró de golpe cuando descubrieron que X., sentado en su silla, sostenía una pistola en cada mano. 

Los dos disparos rompieron el silencio de la noche.

Texto inspirado en la fotografía <<Belleville romance>>, (Paris, 1947), de Willy Ronis publicada por Valencia Escribe el 3 de octubre de 2018.

Escrito a cuatro manos por Daniel Canals Flores y Aurora Rapún Mombiela.

Daniel inició el relato con 75 palabras, Aurora continuó con otras tantas y así sucesivamente hasta alcanzar el final.

Publicado en el número 45 (enero de 2019) de la revista de Valencia Escribe.

Flora y Natividad

 

A mi abuela Nati le encantan las plantas. Las riega con cuidado mientras tararea melodías alegres. Se pasea entre ellas con la regadera en la mano arrastrando los pies, calzada con zapatillas de ir por casa. 

Un día, mi primo estaba charlando con nuestra abuela en el jardín, cuando se le cayó un cogollo de marihuana del bolsillo. Ella lo vio y lo recogió enseguida. Mi primo le contó que era una planta muy especial, típica de la Navidad y que la había traído para regalársela en honor a su nombre. 

Resuelto hubiera quedado el asunto si no hubiese sido porque mi abuela Nati es muy buena jardinera. Eligió un tiesto de cerámica decorado con flores rosas, introdujo aquel cogollo bien profundo en tierra buena,y pronto echó raíces y creció.

Hace unos días, una pareja de la Policía llamó al timbre de la casa de mi abuela. Tras la puerta, unos pasos arrastrados acudieron a abrir. Ante ellos, una señora mayor con el pelo corto en permanente, los invitaba a pasar. No pudieron explicar para qué habían ido a verla porque en menos que canta un gallo estaban sentados en la sala de las visitas, con unas almendras y unas Coca Colas en la mano.

Cuando por fin vieron la ocasión, le contaron que habían sido advertidos de que en su jardín tenía una plantación de marihuana. Mi abuela Nati no tenía ni idea de lo que le estaban contando pero se ofreció a hacerles una visita guiada con explicación incluida de los diferentes tipos de plantas que cultivaba.

Entre rosas amarillas, blancas y rojas, cercadas por jardineras plagadas de geranios, una selva de marihuana inundaba de color y aroma el terreno posterior a la casa.

La mujer, orgullosa, les explicó que la planta navideña había dado un toque especial al conjunto floral.

No pudieron más que alabarla por su buena mano y despedirse amablemente con una sonrisa. Mi abuela quedó encantada de que en el vecindario se comentara tanto su arte que hasta enviaban a la Policía a verlo y ellos se fueron tranquilos pensando que, al fin y al cabo, ese jardín era un primor y daba gozo ver lo bien cuidado que estaba.

Relato publicado en el número 45 (enero de 2019) de la revista de Valencia Escribe.

Homenaje a mi abuela Nati