En sintonía (Premio Categoría General VII Certamen de microrrelatos Javier Tomeo)

Hace unos días, mi vecina Carmen me pidió que la ayudara a resintonizar los canales de la tele. Me llevó un buen rato hacerlo, así que, al acabar, me invitó a un café con pastas y me contó sobre su marido —el pobre murió ya hace unos años— y sobre lo felices que habían sido juntos. Me enterneció su historia y me sentí bien al ayudarla porque me imaginé que la televisión sería su única compañía. Cuando salí de su casa, coincidí en el ascensor con otra vecina, que me comentó que ella también había ido a ayudar a Carmen y que juraría que le había dejado los canales perfectamente organizados. En el zaguán, el conserje le contaba a su mujer que el lunes había pasado media tarde ayudando a la señora Carmen con la tele porque la pobre mujer no se aclaraba con los canales.

Hace un rato, mientras introducía la llave en la cerradura para entrar en casa, no he podido evitar sonreír al escuchar, en el piso de arriba, que alguien salía al descansillo y aseguraba a mi vecina que mañana mismo iría a ayudarla con esa endiablada televisión.

Premio de la categoría general en el en VII certamen de microrrelatos Javier Tomeo.

Rozando la imperfección

La nieta mayor se coloca las orejas de ratón a modo de diadema y se sienta sobre una montaña de cojines, muy cerca del árbol iluminado; las otras dos se maquillan entre risas y se visten con sus mejores galas antes de hacer acto de presencia en el comedor. La abuela se envuelve en su chaqueta de lana y se prepara un té, todavía falta un rato hasta que empiecen a cenar; el abuelo se sienta a su lado y la abraza. El hijo y su mujer se acomodan en dos sillas de diseño y atacan la bandeja de turrones a sabiendas de que se van a arrepentir. Las otras dos hijas con sus respectivos maridos ocupan su lugar en el sofá. Ya están todos preparados para abrir los regalos. En medio de una gran algarabía se desenvuelven cajas, se estrujan papeles, se rompen lazos; todo son exclamaciones y gritos. Prácticamente no se entiende nada, pero qué alegría ver la sorpresa en la cara de los demás. Parecen unas navidades ideales, como esas de las películas, las que reflejan momentos entrañables en familia. Y hubieran sido perfectas si en ese pueblo del Pirineo tuvieran mejor cobertura y no se congelara la imagen cada dos por tres o si al teléfono de los de Valencia no se le hubiera acabado la batería, o si en Tartu no fuera tan tarde o, incluso, hubieran sido dignas de un buen largometraje si este año la Navidad no hubiera sido diferente. 

Cuento navideño escrito para el concurso de cuentos navideños #unaNavidaddiferente organizado por Zenda e Iberdrola.

La gran manzana

Adán y Eva, de Tamara de Lempicka, 1932

En el momento en que pronunció su nombre supe que lo nuestro sería algo único y duradero. 

—Me llamo Adán. —dijo con una sonrisa perfecta.

—¡No me jodas! —contesté yo.

Tras unos segundos de tenso silencio, añadí:

—Me llamo Eva. Encantada de conocerte.

Así de simple fue el comienzo de nuestra intensa historia de amor. Un par de jóvenes que salen a disfrutar de la noche en la gran ciudad y se encuentran en una barra cuando van a pedir una copa. Y así de tontamente nos quedamos colgados el uno del otro. Nuestro entorno se difuminó como si una espesa niebla se lo hubiera tragado y nos hubiéramos quedado aislados dentro de una burbuja insalubre de amor viciado de amor. Para mí solo existía él y para él solo existía yo. 

Yo siempre fui una mujer de carácter firme y convicciones férreas. Nunca me fueron las medias tintas, ni me sentí cómoda en la escala de grises. Lo mío eran los labios rojos y la pisada fuerte; y, por lo que pude averiguar, de la misma pasta que tenía el carácter tenía el corazón. Me enamoré hasta la médula y no vi más salida que amar hasta el final. Más allá de la muerte.

Quiso el maldito destino que Adán no fuera tan fuerte como yo y que muriera en mis brazos después de una noche de sexo desenfrenado. Su perfecto cuerpo esculpido en músculo contenía un corazón frágil que me dejó sumida en el más terrible de los desconciertos.

Tal como sospechaba, nuestro amor perduró tras su muerte y, en cuanto su aliento se desvaneció, se encendió en mí una llama creativa que me catapultó hacia arriba y me lanzó en una carrera loca hacia todo tipo de expresiones artísticas.

Decidí que nada podría hundirme, que nada iba a impedir que resurgiera de las cenizas de la devastación. Ni siquiera la vida misma.

Así que empecé a crear y me dediqué a esculpir su cuerpo junto al mío. De mi mano nacían obras tan potentes que en poco tiempo se cotizaron a precios astronómicos.

Me llamaban de las galerías de arte para que expusiera mi obra y de las Universidades para que impartiera clases. Me hacían entrevistas y publicaban mi foto en los periódicos.

Y así ocurrió hasta el final de mi vida, siempre intensa, siempre visceral. Hasta que la nieve se posó sobre mi cabello y las arrugas atenuaron el rubor de mis mejillas. 

Una noche mi fortaleza se enfrentó con uñas y dientes a mi edad y tras una encarnizada lucha entre las dos, la segunda ganó la batalla.

En las noticias dijeron que la mañana en que me hallaron sin vida en mi gran piso de Nueva York hacía un frío de mil demonios y que, curiosamente yo todavía me conservaba caliente. Encontraron mi cuerpo cubierto por una gruesa manta en el sofá del salón, rodeada de cientos de lienzos y de esculturas que abarrotaban todos los rincones.

En mi necrológica se decía que lucía en el rostro una gran sonrisa y que entre mis manos blancas llamaba la atención el potente color rojo de una manzana.

Este relato se ha publicado dentro del proyecto VisiBiliz-arte, en Mujeres en el arte, la antología dirigida por Esther Tauroni Bernabeu. En este libro aparecen otras muchas historias inspiradas en magníficas obras de arte creadas por mujeres. Para leerlas todas, se puede acceder a través del enlace.

Una fiesta muy especial

Sala de lenguas de la Biblioteca Pública de Massamagrell

La sección de novela ha amanecido revuelta hoy. Los lomos de algunos libros están del revés, los tejuelos no están bien colocados y hay un desorden desconcertante.

Las bibliotecarias no saben cómo resolver el desaguisado. Hace unas horas que han decidido situarse frente a las estanterías y observar.

Tan silenciosas y tan inmóviles se han quedado que las novelas no se han percatado de su presencia y han cometido el error de continuar su pequeña rebeldía.

Ante la mirada atónita de las bibliotecarias, Alatriste se ha intercambiado el tejuelo con los Episodios Nacionales; el inspector Wallander ha salido de Mankel y se ha ido a comer unos macarrones con Montalbano; las hermanas de Elena Ferrante han ido a colocarse al lado de las de Riley y todas las sagas de vampiros han ido a hacer compañía al solitario Drácula de Stoker.

Ante tamaña revolución, las profesionales del orden han entrado en cortocircuito y se han quedado petrificadas como si les hubiera alcanzado un rayo.

Los elfos de Rivendel, que las han descubierto ahí plantadas, se han apiadado de ellas y las han rociado con un brebaje que les borrará la memoria más reciente y no dejará secuelas.

Al sonido del cuerno de Vorondil, todos los libros y los personajes han vuelto, entre risas y bromas, al lugar que les corresponde.

Se despiden hasta el año que viene, cuando vuelvan a celebrar de nuevo el Día de la Biblioteca.

Gemelos

Se topó con dos personas muertas sobre la cama de matrimonio. La ladrona que había estado vigilando el edificio había decidido perpetrar el robo convencida de que la vivienda estaba vacía. No podía intuir que el inquilino de la puerta contigua había llamado a emergencias, alarmado porque hacía días que no escuchaba a sus vecinos. Se preguntó por qué la mala suerte la obligaba a revivir su peor pesadilla. Con los ojos llenos de ayer y el corazón desbocado, intentó huir del horror de la muerte de la misma manera que lo hizo el día en que perdió su infancia. En ese momento, el policía encargado del aviso entraba por la puerta principal del piso, lo hacía aterrado ante la posibilidad de descubrir la misma imagen que lo catapultó a la edad adulta cuando no levantaba dos palmos del suelo. El encuentro se produjo en el pasillo, se reconocieron al instante: dos miradas idénticas que habían tomado caminos opuestos la tarde en que los separaron, hacía ya demasiado tiempo.

Micro publicado en Historias mínimas, libro editado por la editorial Dendro como homenaje al microrrelato. Se puede descargar de manera completamente gratuita:

https://dendroeditorial.wordpress.com/2020/10/15/historias-minimas

La pesca

El viejo Bob madrugó una vez más para ir a pescar. La helada soledad en ese río de Alaska comprendía sus silencios. Su foto se hizo viral esa misma tarde. El autor, hasta entonces desconocido, nunca pidió permiso para compartirlo con un mundo virtual que él ni siquiera intuía que existiera.

Relato escrito para El Bic naranja: los viernes creativos https://elbicnaranja.wordpress.com

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Vida laboral

Valencia Escribe

Llevaba toda la vida dedicándose a algo que no le gustaba. Ocho horas diarias compartiendo miserias con gente con la que no tenía nada en común. En un intento desesperado por cambiar el rumbo que se le había marcado, cometió el delito que lo mandó directo a la cárcel. En su celda, se levanta todos los días contento y saluda a sus vecinos con una gran sonrisa.

Micro inspirado en la foto publicada por Rafa Sastre, de Valencia Escribe.

El cliente siempre tiene la razón

Entró a comprar el pan, pero en realidad pidió <<un crimen perfecto, por favor>>. Para su sorpresa, el panadero asintió con profesionalidad. A continuación, ella metió la mano en el bolsillo para sacar el dinero, pero en su lugar extrajo una pistola. Todo apuntaba a que aquello era un sueño por lo que no se preocupó cuando alguien la apuñaló por la espalda. Tras el mostrador, con la satisfacción del deber cumplido, el hombre le deseó un buen día y pasó a atender al siguiente.

Relato escrito para el reto de las cinco líneas, de Adella Brac.

https://adellabrac.es/reto-5-lineas-agosto-2020/

El capitán

El capitán-foto-René Maltête

Nunca había entendido qué había hecho para merecer ese pedestal. En su memoria los únicos momentos destacables de su vida habían sido el nacimiento de los gemelos y el día en que se jubiló. Había sido un militar mediocre que cumplía y transmitía órdenes para ganarse el jornal. Que casualmente fuera él quien estaba al mando cuando se ganó aquella batalla siempre lo había considerado una cuestión de suerte. Harto de pasar frío y de ser fotografiado por personas desconocidas, aprovechó la escalera del personal de mantenimiento para bajar de allí y perderse en el más ansiado de los anonimatos.

Texto escrito para la fotografía de René Maltête, propuesta por Valencia Escribe.

El sabor amargo del último brindis

Nuestra vida saltó por los aires con una vuelta de campana. Ha transcurrido un lustro, pero parece que sucedió ayer. Mi mujer hubiera cumplido hoy cincuenta años. Hace ya dos días que le hablo durante horas. Aferrado a su mano helada, recuerdo una y otra vez, la noche del accidente. Dadas las circunstancias, tendría que haber dado este paso antes, pero era esencial que fuera hoy. Me acuesto junto a su cuerpo inerte y concluyo, al fin, este monólogo interminable.

Finalista del VI Concurso literario “Hilvanando palabras” convocado por Mundo Escritura.

LISTADO DE FINALISTAS VI Concurso Literario “Hilvanando palabras