Impagable

Octubre 2019 Javier Tomeo

Con la comida todavía en la garganta, se arregla a toda prisa frente al espejo del cuarto de baño y sale de casa puntual, como siempre. Los martes son duros porque, después de una mañana maratoniana de limpiezas, planchas y compras, tiene que recoger a las niñas del cole, llevar a la pequeña a clase de violín, y a continuación, antes de recoger a los niños, arrastrar a la mayor hasta la sala de esgrima. Mientras permanecen en las extraescolares, hay veces en que le da tiempo de pasar por la biblioteca, si no, se lleva a los gemelos a jugar al parque.

Al final de la tarde, vuelven a casa entre risas y canciones, los mete de dos en dos en la bañera y les prepara una cena nutritiva que compense la comida que han tomado en el comedor escolar.

Ya los tiene medio dormidos en el sofá cuando su hija viene a recogerlos para llevarlos a casa.

La tentación que siente cada martes de decirle que este va a ser el último se desvanece cuando sus nietos la llaman súperabuela y su hija la abraza y le susurra que no podría vivir sin ella.

Texto seleccionado en la categoría general del VI certamen de microrrelatos Javier Tomeo y publicado en el número 58 de la revista Compromiso y Cultura.

Baile de ritmos desacompasados

Al contrario que los latidos de mi corazón, las agujas del reloj marcan una cadencia tranquila. Parece que no pase el tiempo y sin embargo, mi interior es como un caballo desbocado. Me paso las palmas de las manos por la pernera del pantalón para secarlas y vuelvo a consultar la hora. Solo han pasado cinco minutos desde que me he sentado en este solitario sillón rajado. ¿Cuánto se tarda en detectar si es bueno o malo? Poco. ¿Cuánto se tarda en asumirlo? Prefiero no pensarlo. Cuando escucho mi nombre por megafonía salto como un resorte. Aferrada a mi bolso y a mi valor, entro en la consulta. De pronto no puedo pensar más. Mi mente es como un lienzo blanco que espera a ser pintado. Sea cual sea, me enfrentaré al resultado con uñas y dientes. Estoy firmemente convencida de que siempre hay esperanza.

Relato publicado en el libro que recoge a los finalistas y ganadores del V Certamen de microrrelatos “Hay esperanza” de la Fundación Vencer el cáncer.

Moros y cristianos

Moros y cristianos Compromiso y cultura 50

Ascendía por el camino empinado hacia la inmensa fortaleza anaranjada cuando una piedra pasó rozando mi oreja. Aún no me había recuperado del susto cuando recibí un impacto en el brazo. Salté tras unos bojes e intenté descubrir quién era el atacante.
A lo lejos, detrás de una almena, vislumbré un resplandor. Oculto tras los pinos, di un rodeo para llegar al castillo. Cuando llegué a la puerta y detallé al guarda lo que me había pasado, me explicó que un habitante del pueblo vecino, que vivía inmerso en el siglo XI, se creía que era un guerrero cristiano e iba siempre con el casco puesto. Ese debía ser el destello que había visto antes. Al verme tan moreno y con pelo rizado, seguramente me había confundido con un moro enemigo y se había defendido.

Me recomendó que visitara primero el ala oeste para no toparme con él hasta que llegaran las autoridades para llevárselo y me rogó que lo disculpara. Afortunadamente no me registró, porque si lo hubiera hecho habría descubierto, en mi mochila, un alfanje que había ocultado, por si al llegar a las murallas, hubiera algún cristiano escondido.

 

Relato seleccionado en enero de 2019 en el V Certamen de microrrelatos Javier Tomeo. Publicado en el número 50 de febrero de la revista Compromiso y cultura.

Roles establecidos

Por los gritos, por los los gestos, por no mirar hacia mí cuando la llamaba, por no responder al teléfono, por el volumen de la televisión. Por todo esto y porque nunca jamás me había ignorado hasta ese momento, deduje que mi mamá se había quedado sorda. Asumir que la heroína del cuento necesita nuestra ayuda es difícil pero revelador. Por fin había llegado el momento de devolverle una mínima parte de todo lo que había hecho por mí. La madre perfecta necesitaba que la cuidaran y la hija imperfecta debía estar allí para cumplir con su papel.

Relato seleccionado por el jurado para la antología Cien palabras para mamá del concurso de la editorial El Libro Feroz 

Dedicado a la madre que me parió.

Una emigrante en Navidad

 

Deslumbrada por las luces de la ciudad, se refugia en un rincón oscuro. Ante ella pasan amontonados rebaños de personas cargadas de bolsas brillantes. Todos hablan con otros individuos o con el móvil pegado a la oreja o consigo mismos. Nadie mira hacia abajo. Ella es un ser invisible que respira soledad y se alimenta de indiferencia. Al chico trajeado que se ha tropezado con su rodilla le brillan los zapatos. Ni siquiera se ha dado cuenta de que ha estado a punto de pisar a un ser humano. Nunca lo hubiera imaginado. Ni cuando subió a ese autobús convencida por sus familiares de que viajaba a una tierra llena de oportunidades y esperanza, ni cuando la recibieron en la estación con amables palabras en su idioma y le ofrecieron alojamiento y comida, ni cuando escapó aterrorizada de ese local tórrido de la carretera después de haber vivido un infierno. Ni siquiera entonces imaginó la profunda tristeza que estaba a punto de comérsela entera de un solo bocado.

La revista Compromiso y Cultura publica en su número 49, correspondiente al mes de enero de 2019, los relatos seleccionados en diciembre de 2018 en el V Certamen de microrrelatos Javier Tomeo. El mío, Una emigrante en Navidad ha sido uno de ellos.

 

El arte de vivir

El arte de vivir

Mi amiga Olga tenía 12 años cuando pintó su primer cuadro Siempre la recordaré salpicada de pegotes de colores. Algunos pensaban que estaba pirada pero yo creo que hacía magia. Transformaba la triste realidad de un pueblo gris en preciosas utopías luminosas. Hoy leo, orgullosa, que una pintora española está revolucionando el mercado del arte en Nueva York. Su cara, cubierta de pintura, sonríe en la foto del periódico.

Relato finalista en el III Concurso de microrrelatos sobre la mujer “Ellas”. Publicado en la antología “Ellas III”, de Diversidad Literaria. 2018.

Dedicado a mi amiga Olga.

Incluso en verano hay esperanza

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Bajo el abrasador sol de agosto, caminaba descalza sobre la arena. Paseaba y escuchaba cómo las olas rompían en la orilla. Se paró. Se quitó el pañuelo de la cabeza para limpiarse el sudor de la cara y allí mismo, es ese momento, decidió que no se lo volvería a poner nunca más. Y la playa se llenó de esperanza y de vida.

Relato finalista en el IV Certamen de Microrrelatos Hay esperanza para vencer al cáncer.

https://vencerelcancer.org/presentacion-del-libro-del-iv-certamen-de-microrrelatos-hayesperanza/