Trail extremo

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Texto: Aurora Rapún Mombiela

Relato publicado en la página 114 del número 7 (septiembre) de la revista literaria “El Callejón de las Once Esquinas”.

Gracias a mi cuñado Pepe por darme la idea que originó este relato.

Dedicado a Mamen y a Paula.

Son las 6 de la mañana. Paula se despierta nerviosa. En la carrera de hoy se juega mucho. Es una nueva experiencia. Especial. Se sienta en la cama y revisa cuidadosamente el material: las zapatillas con tacos para no clavarse las piedras y no resbalarse en las bajadas, las mallas más cómodas que tiene para evitar rozaduras y molestias, la camiseta del equipo con su nombre en letras fluorescentes, la gorra de la suerte para evitar el sol y los malos augurios, la botella de agua con la correa ajustable a la muñeca, el cronómetro y el gel. Ha estado pensando en la posibilidad de llevar música pero la ha desechado. Quiere saborear cada momento, escuchar las respiraciones entrecortadas de los corredores y la suya propia.

A la misma hora, un par de casas más abajo, Mamen se despierta con un nudo en el estómago. Lleva mucho tiempo entrenando, muchos madrugones y duras jornadas de trabajo. Hoy tendrá la oportunidad de demostrar lo que vale. Pone todo el material en fila encima de la mesa y lo repasa con cuidado. Se viste con esmero: las botas bien ceñidas, pantalón y chaleco cubiertos de bolsillos. La gorra bien calada para que no se le escape el pelo.

Paula toma un desayuno equilibrado compuesto por un zumo de naranja natural, un vaso de leche desnatada y una tostada de pan con jamón serrano. Cuando termina, empieza a beber agua a pequeños sorbos. Hay que controlar bien la hidratación.

Mamen se sienta a la mesa que ha dispuesto su madre. Su padre y ella van a compartir hoy la experiencia más importante de su vida. Se merecen unos huevos con jamón y un café bien fuerte que los mantenga despejados. Cuando terminan, los tres se funden en un abrazo.

Paula es corredora. Mamen es limpiadora.

La carrera empieza a las ocho y media. 15 kilómetros de montaña con subidas, bajadas y llanos, con un desnivel de 600 metros. Cientos de personas animarán la salida y la llegada de los corredores con vítores, aplausos y música. Una batucada sonará con ritmo para marcar el esprint final. La meta permanecerá abierta hasta las once en punto. A esa hora el gran arco hinchable con el cronómetro que marca las llegadas, se recogerá y desparecerá todo rastro de competición deportiva.

En ese preciso momento, llegará el turno de los limpiadores. Varios Land Rover descapotables, llenos de personas vestidas con ropas de caza repasarán todo el recorrido de la carrera. Hay que respetar y cuidar nuestros montes y bosques. No debe quedar ni un rastro de presencia humana invasiva: ni un envoltorio, ni una botella de agua, ni un papel, ni nada. Ni nadie. Los limpiadores serán exhaustivos, limpiarán sin descanso hasta que se lo permita la luz del sol. Al atardecer darán por concluida su tarea y volverán a casa para disfrutar de un merecido descanso.

Paula tiene una buena salida. Empieza bien. El primer tramo es un llano que invita a mantener un ritmo vivo. La primera subida es dura pero aguanta el tirón. El recorrido es espectacular. Una pinada gigantesca ofrece sombra a los corredores, los altos de montaña permiten disfrutar de unas vistas excelentes, los avituallamientos están perfectamente colocados y provistos. Hay muchos voluntarios indicando los cruces y cientos de cintas de colores marcan sin duda el camino a seguir. Todo parece indicar que el entrenamiento va a dar sus frutos. El final está cerca. Tres kilómetros de bajada entre pinos en los que se puede incrementar la velocidad para lograr una buena marca. Una raíz, una piña, una rama cruzada en el camino.
¡Ay!
Paula cae rodando con un fuerte dolor en tobillo. No es capaz de andar. Ha caído en un lado del sendero de difícil acceso. Los corredores pasan cerca. Oye sus respiraciones, sus pisadas. Pide ayuda pero no se paran. Sabe que no lo harán. Esta carrera es especial. No permite retrasos. La meta desaparecerá a las once y se abrirá la veda para los limpiadores. Mamen, su padre y los demás saldrán a hacer su trabajo. No puede quedar ningún rastro de la presencia humana en el bosque. Está perdida. Tiene que esconderse.
Se arrastra sobre la pinocha intentando borrar sus huellas. Quiere alcanzar un tronco caído y ocultarse tras él. Lo logra a duras penas. Lo alcanza, se agarra fuerte con los brazos, se impulsa y cae al otro lado.
Dos ojos aterrados la miran fijamente. Un corredor se sujeta la pierna torcida. Ha buscado cobijo en el mismo escondite. No se hablan. Solo se miran y sudan en silencio. Tiene ganas de vomitar, pero resiste. Ahora solo queda esperar.

Mamen toma asiento en la parte de detrás del Land Rover. Sujeta con firmeza la escopeta y respira intentando relajarse y concentrarse. Tiene por delante una larga jornada de trabajo. Quiere que su padre se sienta orgulloso de ella. La protección de los montes ha sido una tradición familiar desde hace décadas. Lo lleva en la sangre. Grandes plásticos cubren el suelo de los coches para poder ir recogiendo todos los desechos que encuentren en el camino. La hora ha llegado. Rugen los motores. Se ponen en marcha. ¡Adelante!

En la pinada ya no se oyen pisadas, ni jadeos, ni ramas partidas. La naturaleza empieza a resurgir. Se escuchan algunos aleteos y el trino de los pájaros. Ahora empiezan a oírse los ecos lejanos de un motor.

¡Pam!
Acaba de sonar un disparo.
Se acabó el tiempo. La carrera ha terminado. Cuatro ojos horrorizados se miran fijamente mientras dos cuerpos humanos empiezan a temblar.
Los limpiadores han emprendido su labor. Y son muy buenos.
Hay que aguantar hasta la noche.
¡Pam!
Ya llegan…