Más vale compartir que llorar

El dichoso balón de Amparín acabó por arruinarlo todo. Salía con él bajo el brazo día sí, día también y no lo compartía con nadie. Como era de esperar, a uno de nosotros le pudo más la envidia que la prudencia y de un patadón lo coló en la sede de nuestro club secreto. La señorita Pilar, nuestra tutora, que pasaba por allí, fisgó a través de la ventana rota. Quiso la mala suerte que algunas de nuestras más preciadas revistas estuvieran abiertas y accesibles a su vista de águila. Se acabaron las tardes de descubrimientos, la camaredería socarrona y la tontería. Castigados un mes todos: nosotros, por guarros y Amparín, de rebote.

Imagen, de Inge Morath, propuesta por Amparo Hoyos para los Amigos de Valencia Escribe.

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