Inconcebible

Cuando descubrí el amor secreto entre mi hijo y aquel hobbit repugnante experimenté una furia infinita. Golpeé mi cabeza de orco contra la roca hasta que se desprendió un pedrusco que me destrozó media cara. La excesiva sensibilidad de mi descendiente, creado a partir de mi piel y de mi sangre, me tenía desesperado. 

Me vi obligado a trazar un plan. En primer lugar, secuestraría al hobbit. A continuación, invitaría a unos cuantos de mis congéneres a una cacería por el bosque. Tendría que llevar a mi hijo engañado. Y, una vez en la espesura, lo ridiculizaría delante de todos para que se avergonzase y se viera obligado a destripar a ese asqueroso ser inferior como muestra de redención.

No sé cómo no caí en la cuenta de que los planes nunca me salen bien.

Llevé al hobbit al bosque, reuní al equipo, engañé a mi hijo y, cuando llegamos al punto clave, se desató el caos.

Mi amigo más íntimo arrancó a llorar desconsolado cuando se enteró de que mi hijo se había liado con el hobbit del infierno. Le declaró su pasión delante de todos y mi hijo se lo tuvo que quitar de encima a dentelladas. El minúsculo ser que debería haber estado aterrado, demostró poseer una fuerza descomunal cuando se lió a puñetazo limpio. El episodio acabó con la abominable pareja alejándose a lomos de un águila con cascabeles en las patas. ¡Si hasta me pareció distinguir que decían adiós con las manitas!

Cuento (que no ganó, pero participó) enviado al concurso de #Mireinoporunapluma del festival @PalmaFantástica de la biblioteca de Can Sales.

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