Animaladas

Ilustración de Mar Planelles

La primera vez que probé el pienso para desayunar, me pareció que tenía una consistencia arenosa. Antes de catarlo, lo olisqueé, pero no percibí nada. Entendía que las propiedades por las que se recomienda su ingesta en el desayuno eran necesarias para el organismo, pero no resultó nada apetitoso.

No obstante, siguiendo las recomendaciones de la veterinaria, seguí tomándolo cada mañana.

El heno fue un asunto más peliagudo. Según el documento que me habían enviado, el heno debía constituir el 70 % de la alimentación diaria. No sabía cómo hacerlo. Estaba confuso. Era demasiado duro para masticarlo y tragarlo. Probé cociéndolo, pero en las instrucciones se indicaba claramente que debía ser fresco. Al final, opté por triturarlo y, tomarlo a cucharadas, masticándolo durante mucho tiempo hasta hacerlo pasable.

Con el agua no hubo problema. Bebía toda la que necesitaba y cuando se vaciaba el recipiente, lo volvía a llenar. Siempre fresca y limpia. Era de agradecer, teniendo en cuenta que la lengua la tenía rasposa del heno y las encías y el paladar sangraban debido al constante roce de las hierbas en la cavidad bucal.

Lo mejor llegaba con la merienda y la cena. 

Por la tarde, sobre las cinco, me permitía un trozo pequeño de fruta. Podía ser manzana, melón, sandía… A veces, un trozo de pimiento rojo o verde, por aquello de la vitamina C. Y por la noche, a eso de las ocho y media, me tocaba la ración de ensalada, preparada a base de hojas, cuanto más verdes, mejor. Sin aliñar ni añadir nunca ni proteínas ni cereales.

Mantuve esta dieta recomendada durante un mes aproximadamente, pero, a pesar de la promesa que me había hecho a mí mismo y a ellos, no logré pasar de ahí. Tuve que volver a mis tazones de leche, a mis cereales, a mis pechugas a la plancha, a mis avellanas. De verdad que lo intenté, pero es que mi naturaleza no estaba hecha para este tipo de alimentación. Yo me había propuesto ser uno más de la familia y acompañarlos en todo momento, pero empecé a sentirme enfermo y no me quedó más remedio que acudir a un profesional. 

El médico me entregó un folleto con unas cuantas recetas apropiadas para mí y me rogó que las siguiera para mejorar el terrible estado de salud en el que me encontraba. Tras una larga consulta en la que me hizo muchas preguntas, solicitó cita para el psiquiatra porque consideró imprescindible que le comentara mi situación. 

Hay que reconocer que acertó tanto el diagnóstico como el tratamiento porque, desde que seguí sus consejos, mi estado físico ha mejorado considerablemente. El médico de cabecera y el psiquiatra quedan una vez por semana para conversar sobre mí y para ver cómo van a afrontar mi recuperación, creo que se están planteando escribir un artículo y publicarlo. Sin embargo, todavía hay algunas cosillas que no han logrado corregir y se hacen cruces al no entender por qué persisten mis dolores de espalda.

Me entristece verlos tan perdidos porque les he tomado mucho afecto, pero es que considero demasiado íntimo hablarles de algo tan personal. Todavía no tengo la confianza suficiente para explicarles que, por las noches, aunque ya cene como un humano, todavía sigo durmiendo, acurrucado sobre el heno, dentro del recinto de mis queridísimos cobayas.

Relato escrito para el Concurso de relatos #HistoriasdeAnimales, de Zenda libros.

6 comentarios en “Animaladas

  1. Ángel

    Mejor debería dormir en el palo de un gallinero, así no le dolerá la espalda y estará curado del todo.
    Un abrazo y suerte con el concurso.

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