Ángeles en Navidad

Foto de Pablo Rapún Mombiela

El anuncio de la desaparición de Pablo se difundió en todos los medios la tarde de Navidad. No habían pasado ni 24 horas desde que fue visto por última vez, por lo que más adelante se comentaría en algunos círculos que quizá había existido cierta precipitación en la denuncia, a pesar de que fuera inconcebible que la mesa estuviera puesta, los comensales sentados y su silla, vacía. 

La noche anterior había cenado con la familia y se había comportado con normalidad, pasándose con las almejas y el turrón, como todos los años. Por la mañana, parece ser que había salido temprano, aunque su mujer no podía asegurarlo porque no tenía claro si lo había visto en sueños o en carne y hueso. Faltaba algo de ropa de deporte en el armario, un forro polar y el gorro. No se había llevado el móvil ni la cartera. ¿Qué le habría pasado por la cabeza? ¿Qué penurias estaría padeciendo? ¿Dónde le habrían conducido sus pasos?

Todas estas preguntas y algunas más se debatían en la sobremesa de algunas casas en las que se alternaban los polvorones con las elucubraciones más dispares.

Ya casi había anochecido cuando Pablo hizo acto de presencia. Llegó silbando tranquilamente, con las mejillas arreboladas y un intenso olor a frío invernal. Se sorprendió mucho por el despliegue que encontró al entrar en el comedor y por el bofetón que le cruzó la cara a traición. Se disculpó, avergonzado, al percatarse de la hora. Le había pasado el tiempo volando y ni siquiera se le había despertado el apetito.

Prefirió pedir disculpas y decir que se había desorientado. La simple y feliz realidad no hubiera sido recibida con agrado en un ambiente tan cargado.

Micro publicado en el Nº1, de la tercera era, de la Revista Digital Valencia Escribe.

Para mi hermano, Pablo.

5 comentarios en “Ángeles en Navidad

  1. ¡Qué abrupta forma de volverlo a la realidad con ese recibimiento… ¡pobre!
    Y tú la has sacado tremendo lustre a la fotografía con tu historia (aplausos).
    ¡Un abrazo!

  2. Ni el tiempo ni la felicidad son infinitos, pero ambos combinados resultan una maravilla, aunque lleguemos tarde, como le pasó a Pablo. La foto genial. Un abrazo Aurora.

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