Oteadores

Cae la tarde sobre la villa, las aceras se llenan de viandantes que pasean pausadamente. Los gritos de la chiquillería elevan el tono de las conversaciones. Empieza a llenarse la plaza. La heladería abre sus puertas y tiñe las calles de bolas de colores. Montones de bebidas frescas circulan sobre las bandejas hasta cubrir las mesas de las terrazas. No queda ni un sitio libre. Ocultos entre la multitud, imperceptibles para el ojo corriente, acechan. Lo observan todo. Están ahí mismo, cercanos, pero invisibles. Camuflados tras las parejas que se besan, tras las amigas que se encuentran. Saben exactamente cuándo ocurrirá y es entonces, justo entonces, cuando se dejan ver. En el momento en que una mesa queda libre y la familia que pasea confiada se dirige hacia ella para tomar asiento, aparecen y la ocupan primero. Son puntuales, son precisos, son profesionales.

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