La gran manzana

Adán y Eva, de Tamara de Lempicka, 1932

En el momento en que pronunció su nombre supe que lo nuestro sería algo único y duradero. 

—Me llamo Adán. —dijo con una sonrisa perfecta.

—¡No me jodas! —contesté yo.

Tras unos segundos de tenso silencio, añadí:

—Me llamo Eva. Encantada de conocerte.

Así de simple fue el comienzo de nuestra intensa historia de amor. Un par de jóvenes que salen a disfrutar de la noche en la gran ciudad y se encuentran en una barra cuando van a pedir una copa. Y así de tontamente nos quedamos colgados el uno del otro. Nuestro entorno se difuminó como si una espesa niebla se lo hubiera tragado y nos hubiéramos quedado aislados dentro de una burbuja insalubre de amor viciado de amor. Para mí solo existía él y para él solo existía yo. 

Yo siempre fui una mujer de carácter firme y convicciones férreas. Nunca me fueron las medias tintas, ni me sentí cómoda en la escala de grises. Lo mío eran los labios rojos y la pisada fuerte; y, por lo que pude averiguar, de la misma pasta que tenía el carácter tenía el corazón. Me enamoré hasta la médula y no vi más salida que amar hasta el final. Más allá de la muerte.

Quiso el maldito destino que Adán no fuera tan fuerte como yo y que muriera en mis brazos después de una noche de sexo desenfrenado. Su perfecto cuerpo esculpido en músculo contenía un corazón frágil que me dejó sumida en el más terrible de los desconciertos.

Tal como sospechaba, nuestro amor perduró tras su muerte y, en cuanto su aliento se desvaneció, se encendió en mí una llama creativa que me catapultó hacia arriba y me lanzó en una carrera loca hacia todo tipo de expresiones artísticas.

Decidí que nada podría hundirme, que nada iba a impedir que resurgiera de las cenizas de la devastación. Ni siquiera la vida misma.

Así que empecé a crear y me dediqué a esculpir su cuerpo junto al mío. De mi mano nacían obras tan potentes que en poco tiempo se cotizaron a precios astronómicos.

Me llamaban de las galerías de arte para que expusiera mi obra y de las Universidades para que impartiera clases. Me hacían entrevistas y publicaban mi foto en los periódicos.

Y así ocurrió hasta el final de mi vida, siempre intensa, siempre visceral. Hasta que la nieve se posó sobre mi cabello y las arrugas atenuaron el rubor de mis mejillas. 

Una noche mi fortaleza se enfrentó con uñas y dientes a mi edad y tras una encarnizada lucha entre las dos, la segunda ganó la batalla.

En las noticias dijeron que la mañana en que me hallaron sin vida en mi gran piso de Nueva York hacía un frío de mil demonios y que, curiosamente yo todavía me conservaba caliente. Encontraron mi cuerpo cubierto por una gruesa manta en el sofá del salón, rodeada de cientos de lienzos y de esculturas que abarrotaban todos los rincones.

En mi necrológica se decía que lucía en el rostro una gran sonrisa y que entre mis manos blancas llamaba la atención el potente color rojo de una manzana.

Este relato se ha publicado dentro del proyecto VisiBiliz-arte, en Mujeres en el arte, la antología dirigida por Esther Tauroni Bernabeu. En este libro aparecen otras muchas historias inspiradas en magníficas obras de arte creadas por mujeres. Para leerlas todas, se puede acceder a través del enlace.

13 comentarios en “La gran manzana

  1. Excelente, Aurora. Me ha gustado mucho. Felicidades, un magnífico proyecto para los amantes del arte y las letras, me alegro de compartir cartel contigo. Un besazo

  2. Bella historia de amor, pero también de firmeza en las convicciones y el carácter de Eva. Todo un detalle que tuviera la manzana en el momento de ser encontrada y que brillara tanto, como su sonrisa. Un abrazo.

  3. ¡Vaya, cuánto carácter de esta Eva del relato! ¡Felicitaciones Aurora por formar parte de un proyecto tan interesante! ¡Excelente y pertinente para la obra!
    ¡Abrazos!

  4. Pingback: La gran manzana — La historia está en tu mente – Escalando

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