La senda del mal

Me atropella el silencio cuando atravieso el umbral cochambroso del edificio en el que he estado viviendo los últimos meses. Un oscuro desierto de asfalto me atrapa y paraliza. Me miro, extrañado, las dos manos que cuelgan al final de mis brazos. Están pringadas de un líquido viscoso de color parduzco. No recuerdo cómo ni por qué se han embadurnado así.

Una vez más me maldigo por no haber hecho caso a la tía rara que me trató cuando era pequeño. Me dijo más de cien veces que filtrara, que me sentara a pensar antes de actuar, que respirara antes de saltar a la primera de cambio.

Pero nunca he sido capaz de controlar mis impulsos.

Parece que tendré que volver a mudarme. No recuerdo qué ha sucedido, pero estoy casi seguro de que no ha sido bueno.

Relato escrito para Letras sangrientas.

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