Amor sin destino

Foto blanco y negro VE

Habían planeado escapar del país de la desilusión. Su inmenso amor no tenía cabida allí y debían huir si querían llegar a ser completamente felices. Solo faltaba que el impresor llegara puntual a la cita con sus nuevos visados falsificados. 

Para evitar las miradas indiscretas, decidieron esperar en el locutorio. Ambos empezaban a acariciar ya el dulce destino en sus mentes pero la felicidad a veces es esquiva y se oculta tras duras pruebas de resistencia. 

En la mesa más escondida del local, un viejo fumaba en silencio mientras observaba con atención a la pareja de recién llegados. Estaba convencido de que había visto esas caras en alguna parte. Si se confirmaban sus sospechas, conocía a alguien que pagaría por conocer esa información. No le vendría mal hacerse con un buen pellizco para sus gastos.

El viejo se levantó y fue andando despacio hasta una de las cabinas más alejadas de donde estaba la pareja. No quería que le escucharan ni tampoco espantar a la presa que había caído en sus redes. Descolgó el auricular, marcó un teléfono que conocía a la perfección y musitó unas breves palabras. Colgó y volvió a sentarse en su oscura mesa rezando para que llegaran allí antes de que ambos pájaros volasen.  

Después de tantos años de trabajo en común, M. y J. habían desarrollado un sexto sentido que les advertía del peligro. Pasaban unos minutos de la hora acordada con el impresor para la entrega de los documentos, y eso no era normal. Sospecharon que algo no iba bien y decidieron salir de allí a toda prisa. El viejo maldecía su suerte mientras ellos se confundían con las sombras en las lúgubres calles de la ciudad. 

De repente, un coche aparcó delante del locutorio. De él descendieron dos tipos jóvenes con sombrero y largas gabardinas de cuero negro. Entraron en el local y fueron directos hacia el viejo soplón.

—¿Dónde están? —disparó uno de ellos.

—Acaban de salir hace un minuto.

—Sabes que no nos gusta que nos hagan perder el tiempo. Indícanos por donde se han marchado y si no los encontramos te aseguro que serás tú el que vendrás con nosotros.

Salieron corriendo con las armas preparadas. Estaban ansiosos por capturar a la pareja a la que llevaban tanto tiempo persiguiendo. Pero no llegaron muy lejos. En cuanto giraron la segunda esquina, cada uno de ellos recibió un golpe seco en la cabeza. Quedaron tendidos en la acera. M. y J. recogieron las pistolas de los dos hombres y se alejaron con paso rápido. Habían tomado una decisión. Irían a casa del impresor. Necesitaban esos visados.

Unos ojos habían visto toda la escena desde el otro lado de la calle. Era el chivato del locutorio que había salido cojeando detrás de los agentes. Al encontrarlos tumbados en el suelo y advertir que M. y J. salían pistola en mano, vio que ese no era su día de suerte y prefirió poner tierra de por medio. 

M. y J. ocultaron las armas y subieron a uno de los tranvías nocturnos casi vacío. 

Tras un corto viaje sin percances, bajaron en una parada cercana a su destino. Desde el otro lado de la calle observaron que la puerta estaba abierta, así que vigilaron durante un rato antes de entrar. Con cuidado, se introdujeron en el caserón. Enseguida descubrieron al impresor. Yacía en medio del pasillo con un tiro en la frente. Buscaron en sus bolsillos pero estaban vacíos. Inspeccionaron la casa hasta que dieron con la imprenta clandestina.

Sus pasaportes tampoco estaban allí. El asesino que había liquidado al impresor era la misma persona que tenía los visados y ahora conocía sus identidades. Debían salir del país esa noche con papeles o sin ellos. A todos aquellos que les seguían  la pista, se sumaba también un enemigo desconocido.

«¿Quién estaría detrás de la muerte del impresor? ¿Qué interés tenía en ellos?», pensó M. mientras salían fuera. La frontera no quedaba muy lejos.

Aunque la noche era fría y la lluvia la hacía desapacible, M. y J. se pararon en la calle y se abrazaron durante unos instantes. M. sabía que su amor era fuerte pero la sombra de la duda rondaba su mente al intentar comprender quién los estaba persiguiendo y por qué. 

«¿Acaso J. tenía algún secreto que no le había contado, o quizás, alguno de sus viejos enemigos resurgía del pasado para impedir que huyeran del país?».

Entonces M. recordó al mentor de J., que nunca quiso que se relacionaran. Ella huérfana de buena familia y M… ¡De una tan humilde! Antes de escaparse, X. los maldijo desde su silla de ruedas. Seguramente había activado sus sucios tentáculos para frenarlos en su afán de huir. Con la inmensa fortuna que manejaba como tutor de J., X. era bien capaz de haber ordenado la muerte del impresor anticipándose a sus planes de fuga.

M. compartió con J. sus sospechas. Coincidieron en que eran fundadas, y que, por lo tanto, debían llegar cuanto antes a la frontera. Empezaron a correr y no pararon hasta que la vieron frente a ellos. Ahora llegaba lo más difícil. Tenían que cruzarla. J. ya había hecho de señuelo en varias ocasiones así que decidió arriesgarse otra vez. Con su aspecto de adolescente desvalida se dirigió tambaleándose hacia el puesto fronterizo.

A aquella hora de la noche había un único vigilante. El otro debía estar dormitando en algún barracón cercano. J. confiaba en que el papel de jovenzuela borracha y perdida daría el pego. Se acercó con una sonrisa boba en la cara y mientras despertaba la curiosidad del soldado, M. lo desnucó de un golpe con la culata de la pistola. Esperaba no haberlo matado, ellos no eran unos asesinos. Solo unos amantes desesperados. 

Cruzaron rápidamente al otro lado. Por fin lo habían conseguido. 

Su felicidad se quebró de golpe cuando descubrieron que X., sentado en su silla, sostenía una pistola en cada mano. 

Los dos disparos rompieron el silencio de la noche.

Texto inspirado en la fotografía <<Belleville romance>>, (Paris, 1947), de Willy Ronis publicada por Valencia Escribe el 3 de octubre de 2018.

Escrito a cuatro manos por Daniel Canals Flores y Aurora Rapún Mombiela.

Daniel inició el relato con 75 palabras, Aurora continuó con otras tantas y así sucesivamente hasta alcanzar el final.

Publicado en el número 45 (enero de 2019) de la revista de Valencia Escribe.

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